A nivel mundial, se identifica una “ola” de padecimientos emocionales y psicológicos asociados con la pandemia y sus consecuencias, aún sin dimensionar, en nuestras sociedades, luego de periodos extensos de incertidumbre y de estrés por lo ocurrido en distintos ámbitos de nuestra vida cotidiana.

¿Cómo podremos identificar cuáles son las secuelas que cada uno experimentaremos al final de esta etapa de movilidad restringida, confinamiento en muchos casos y de pérdidas personales de muchos tipos?

Acercarnos a las herramientas de atención que ofrecen autoridades y organizaciones especialidades, incluso las que existen en plataformas digitales y redes sociales, son una opción a la que acuden miles de personas todo el tiempo. Compartir con otras personas lo que nos sucede también está convirtiéndose en una manera efectiva de enfrentar fenómenos que no conocíamos o que derivan de padecimientos anteriores o que han surgido a partir de estas inusuales circunstancias.

Esta necesidad de atendernos entre todos parte de una realidad que, tarde o temprano, deberemos asumir: regresaremos a una nueva realidad en donde tendremos que volver a convivir con muchos factores de la vida misma, desde gérmenes (porque de ello dependerá nuestra salud) hasta rutinas que contemplan espacios cerrados y aglomeraciones.

Aprender a movernos en sociedad de nuevo y adoptar hábitos de higiene, conscientes de que estamos en contacto con miles de microorganismos de manera constante puede ser una fuente de angustia y un detonador de diversos padecimientos emocionales que necesitarán atención y, sobre todo, prevención.

Puede que no lo notemos ahora, pero conforme pasen los meses y las restricciones de convivencia se levanten en el país, será importante no abandonar ninguna de las precauciones que ya conocemos, al mismo tiempo que nos incorporamos a una vida de rutinas y de actividades “normales”, aunque no lo sean comparadas a lo vivido con anterioridad.

Cada integrante de nuestro círculo cercano pasará por un proceso de incorporación que será determinado por la edad, por ejemplo. No será lo mismo para una niña o niño que regrese pronto a clases presenciales bajo medidas sanitarias, que para un joven que retorne a la universidad, como tampoco para quienes eventualmente acudan nuevamente a un edificio de oficinas.

Un recorrido rápido por zonas comerciales o de restaurantes en cualquier de nuestras ciudades, demuestra que estamos en un periodo distinto de esta emergencia y que el aspecto de dichos lugares se parece mucho a lo que veíamos. Pero eso podría ser un peligroso espejismo ante nuestra justificada necesidad de darle coherencia a una vida que lleva bastantes meses en interiores.

Todavía no podemos cantar victoria y debemos estar preparados para eventualidades incluso en la última parte de esta contingencia internacional. Este virus parece no hacer diferencias de ningún tipo, ni contar con un reloj que marque cuándo empieza o termina su letalidad. Por eso se trata de un proceso doble de convivencia, entre nosotros y con el mismo virus, para que otras enfermedades y afecciones que han desaparecido por el momento no se conviertan en la siguiente crisis sanitaria.

El común denominador en cualquier caso será nuestra fortaleza emocional, nuestra salud mental, y la psicología personal y colectiva para estar preparados, atendernos si lo necesitamos y adaptarnos con objetivos de mejora en nuestra calidad de vida.

Los primeros indicadores reflejan que tendremos pérdidas y ganancias en lo social conforme retomemos actividades y acciones. Todavía es muy pronto para calcular los saldos de la pandemia; sin embargo, sabemos que debemos entrar en procesos de apoyo y de asistencia para que cada familia, cada persona, pueda transitar hacia condiciones de convivencia que sean más favorables de las que tenía antes de que suspendiéramos la mayoría de las cosas que hacíamos casi automáticamente.

Esta reflexión se convertirá en hechos concretos que serán semejantes a cuando aprendemos cualquier habilidad nueva: empezaremos despacio, con el trabajo que demanda la constancia y, si hay voluntad y compromiso, podremos salir fortalecidos, diferentes, más perseverantes, y con comportamientos que corrijan aquello que dejamos de tomar en cuenta para vivir con plenitud, aún ante los vaivenes de un mundo en el que solo estamos como invitados.

FuenteEl Sol de México

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