Estamos presenciando la “nueva cultura de la ancianidad”. Un fenómeno nuevo en la historia. Nunca antes había existido un número tan grandes de viejos y viejas. Se tiene que hacer una diferenciación entre vejez y enfermedad. Este grupo, en forma silenciosa, ha quedado fuera de los nuevos espacios creados por sus descendientes, el lugar que tenían ya no lo tienen. Esto puede llegar a ser un factor de desajuste. Lo que fue ya no existe, ¿que hay para el presente?

Esta etapa de la vida, no implica amargura ni soledad. Es una etapa más en la vida del ser humano, la última. El azar y la casualidad son ingredientes determinantes en esta etapa de incertidumbre. Se subdivide en tercera edad 60 a 75 y cuarta edad, 75 en adelante. Requiere la misma atención que se presta a otras etapas de la vida. La vejez es un fenómeno multifactorial, existen aciertos, incertidumbres y temores conscientes e inconscientes que influyen en la forma de vivirla.

Las posibilidades de ciertas limitaciones aumentan, sin embargo quiero insistir en que una gran mayoría de los viejos y viejas no padecen enfermedades seniles o irreversibles. Surgen cambios físicos y emocionales; el lugar en la familia y en la sociedad cambia, lo cual requiere de reflexión y acomodamiento. Los cambios de cualquier etapa de la vida a la siguiente requieren nuevos estilos de vida. La vejez provoca temores que pueden producir en algunas personas malestar y requieren atención especial. La salud mental implica acomodarse a los cambios requeridos por la realidad, por el momento de vida por el cual se transita. Es menester destruir los prejuicios que evitan llegar a la adultez con dignidad

El prejuicio es una idea u opinión, generalmente de rechazo y discriminación, que se tiene sobre algo o alguien sin que esté motivada ni justificada por nada concreto. Los prejuicios pueden ser positivos y negativos, aunque la mayoría suelen ser desaprobatorios. Es una forma de sentir, pensar y hablar de manera negativa acerca de los otros sin ningún fundamento.

Hay prejuicios raciales, sociales, étnicos y religiosos; están determinados por un juicio infundado, apoyados en un tono afectivo y sentimental que les convierte en una emoción pasional inconsciente. Esto lleva al endurecimiento del corazón, se pierden los más mínimos sentimientos de compasión humana. Es también una actitud hostil hacia una o varias personas solamente por formar parte de un grupo marcado con características y actitudes “negativas y desagradables”. Existe una imagen fantaseada de que el viejo se tiene que ver siempre joven; falacia reforzada socialmente y aprovechada para que algunas empresas obtengan grandes ganancias al ofrecer todo tipo de productos que “evitan o retardan el envejecimiento”. En ocasiones, la vejez es víctima de los prejuicios.

Nunca hubo tantos adultos mayores como en la actualidad; muchos de ellos se sienten avergonzados y rechazados, no sienten orgullo por haber llegado a esta etapa de la vida y se sienten discriminados como grupo social. Hay quien considera a los viejos personas relacionadas con aislamiento, deterioro fisiológico y psicológico, sin necesidades sexuales, son tratados con rechazo o paternalismo discriminatorio. Estamos viviendo una nueva cultura del envejecimiento, formada por lo que algunos llaman “los nuevos viejos”

Algunas personas, que carecen de buenos modelos de ancianidad han cargado a ésta palabra con diversos prejuicios. Se considera lo viejo y lo joven como polos opuestos: si lo joven es bueno, lo viejo debe ser malo; si los jóvenes lo tienen todo, los viejos deben estar perdiendo; si ser joven es excitante, ser viejo debe ser aburrido; si lo joven es hermoso, lo viejo debe ser feo. El lema “por siempre joven” se convierte en el motivo principal por el cual luchar.

La vejez, es una característica humana de la cual no nos podemos desprender, y la única manera de no vivirla es morirse antes de tiempo. Todos estos prejuicios, no nos permiten entrar en ella con dignidad y sabiduría. En culturas como la nuestra en las que se valora de sobremanera la belleza externa, la fuerza y la juventud, las pérdidas de dichas características retroalimentan los prejuicios acerca de la vejez. Cuando nos referimos a éstos, no solamente estamos hablando de los prejuicios que los demás tienen al respecto, sino de la manera en que éstos condicionan en forma negativa nuestro proceso personal y natural de envejecimiento. Si pienso mal de los viejos, cuando me llega la vejez ese mal pensamiento se me viene encima. Si tengo amor hacia los viejos, lo tendré hacia mí misma.

He trabajado durante veinte años con este sector de la población, una gran mayoría, están satisfechos, ahora se dan el lujo de hacer aquellas actividades que no pudieron llevar a cabo antes, ya que sus obligaciones sociales, laborales y familiares no se lo permitieron. Son aquellos que pueden disfrutar de la disminución de responsabilidades, mayor disponibilidad de tiempo, cambio en la forma de funcionar. El trabajo personal implica ver lo positivo de esta etapa de vida sin quedarme pegada a lo negativo. ¡Ojala y lo podamos hacer!.