Repensar la educación es repensar el futuro de México. La reflexión surgió luego de un evento familiar que me pareció aberrante. Uno de mis hijos cursa el último semestre de Ingeniería Industrial. Avisó que iría a hacer un examen vía internet junto con un equipo de compañeros. La prueba consistía en usar un software de diseño para resolver ciertos cálculos. El punto es que los alumnos tardaron en el examen casi 24 horas, sin descanso, una especie de tortura diseñada por un maestro. Investigué luego con mis amigos ingenieros si en la vida real sucede algo similar. El consenso fue que no.

La educación alejada del pragmatismo de la vida real es una educación cara y deficiente. Me resulta incongruente que además haya universidades que ofrecen a sus alumnos graduarse con maestría, si permanecen unos semestres más inmediatamente después a su licenciatura. ¿En serio un alumno que no ha tenido contacto con el mundo laboral puede tener una maestría por acumular más teoría? Como estrategia mercadológica debe ser un éxito. Es como en el cine, aumentan tu ticket de palomitas: «por 5 pesos más se puede llevar el tamaño jumbo».

En la ciudad de Reggio Emilia, Italia, después de la Segunda Guerra Mundial, surgió un movimiento educativo que lleva el nombre del lugar y se esparció por varias partes del mundo. Se trata de una propuesta educativa que reta el modelo de educación convencional. Su fin es desarrollar las capacidades de los niños en un ambiente de juego, exploración, observación, descubrimiento y aprendizaje, donde los proyectos surgen del interés del alumno. Uno de sus postulados, en voz de su difusor original, Loris Malaguzzi, es «si se hacen cosas reales, también son reales sus consecuencias». Los maestros no fungen como depositarios del conocimiento, son también observadores que documentan las actividades y provocan en el alumno la búsqueda de conocimiento. Es un enfoque que lejos de preguntar «¿qué sabes de esto?», pregunta «¿qué opinas de esto?».

Pensé entonces en Leonardo da Vinci. No sólo el tremendo artista, me refiero al inventor, al creativo, al genio científico e imaginativo que logró sus prodigios con principios muy cercanos a los de Reggio Emilia. El método de Da Vinci ha sido condensado así: curiosidad, demostración, sensaciones, sfumato (lidiar con la incertidumbre, la paradoja y la ambigüedad), balance entre arte y ciencia, cultivo de aptitud y aplomo e interconectividad (entre los sistemas de la vida). El sistema educativo tradicional está muy alejado de estos principios.

En la práctica, la escuela de hoy premia a quien contesta bien un examen en todas las materias (son ejercicios que califican la memoria, no las habilidades y las sensibilidades). No importa si no te gusta alguna asignatura o no tienes habilidad en algo, apruebas si eres como los demás, repruebas si no. ¿Nos extraña que haya pocos innovadores en las empresas? Las corporaciones están ávidas de innovación. Parece que esperan que cierto día un empleado tenga la gran idea y se la comunique al director. No se han dado cuenta de que esos colaboradores vienen de escuelas donde se castiga la curiosidad, el descubrimiento y el aprendizaje personalizado. Encima, la propia empresa suele ser otro sistema rígido que premia a quienes actúan bajo parámetros de cierto deber ser.

Si Leonardo da Vinci hubiera sido alumno de la educación tradicional contemporánea, nunca hubiéramos sabido de él. Un maestro le habría dicho: «llevas horas observando pájaros, ya ponte a estudiar»; otro lo hubiera reprendido: «deja de estar haciendo tus dibujos, concéntrate en el pizarrón, aquí está la clase»; otro más: «¿qué clase de pregunta rara es esa, Leonardo? Claro que los hombres no tienen alas y no pueden volar».

No sólo urge una educación diferente en México, el país requiere una nueva camada de pensadores para sus múltiples retos. Creer que van a salir del sistema educativo convencional es una esperanza exigua. «Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino», escribió José María Pemán. Cuando pienso en maestros que hacen exámenes con los que luego reprueban a todo el grupo (en realidad se reprueban ellos mismos), no puedo dejar de pensar en lo errado de la educación actual.

Así se gestó el Renacimiento: Juega. Observa. Experimenta. Aprende.

@eduardo_caccia