Los derechos de las mujeres a lo largo de la historia, han sido conquistados mediante las luchas sociales; las cuales se libraron en diferentes partes del mundo, pese a la opresión ejercida y a las diferencias políticas, étnicas, culturales y lingüísticas que nos caracterizan, mismas que no fueron un impedimento para abanderar un común denominador, basado en el respeto e igualdad de derechos y oportunidades, frente al conglomerado Humano al que pertenecemos.

Sin embargo, podemos ver que en la actualidad, nuestros derechos son vulnerados de diversas formas, aunque existan los mecanismos correspondientes dentro de los llamados ordenamientos jurídicos de países democráticos y respetuosos de nuestro sexo y género, para lograr contrarrestar las transgresiones de las que somos objeto, desde hace siglos.

Así, determinadas acciones violentas y discriminatorias, son producto de la desigualdad, instaurada históricamente, debido a la falta de aplicación del Principio de Equidad, mismo que para nosotras como colectivo de féminas, ha estado ausente desde una praxis discursiva de corte machista, misógino y patriarcal.

De esta forma, toda mujer siempre ha sido vista, como un objeto de deseo y procreación; dejando de lado esa capacidad inherente que posee como Ser Humano de producir igual conocimiento y por ende, ponerlo en práctica; más allá de la violencia que se ejerza en su contra sea esta física, psicológica, laboral o intelectual, al considerarnos a su vez, como sujetos de segunda clase en algunos círculos retrógrados y oscurantistas.

Es bien conocido que en sociedades democráticas, aun hoy en día a muchas se nos valora como instrumentos de capitalización obrera; donde a pesar de las grandes luchas sociales y esfuerzos cívicos, para combatir la desigualdad, la brecha entre hombres y mujeres no se acorta e incluso, se podría decir que ha incrementado, siendo el común denominador la discriminación naturalizada a la que tenemos que enfrentarnos desde el discurso.

Por ello, nos compete a cada una de nosotras como féminas, alzar la voz y visibilizar cuando la disertación viene cargada de violencia o desigualdad, debido a que solo juntas, podremos apelar a una Equidad Social real, misma que logre combatir los vicios de una sociedad que históricamente, ha naturalizado el discurso en relación con la disparidad sexual en torno a las “incapacidades” que supuestamente poseeríamos por ser mujeres.

Siempre, se ha dicho que la educación lo permea todo y por ende, debe ejercerse desde una edad temprana, donde se eduque a las niñas y niños en ambientes libres de este tipo de taras; aunque cada vez más las políticas en torno a ello, son menos inclusivas, desde un discurso que abandera lo doctrinario y que no logra que exista una libertad real, ejercida a través de una enseñanza que permita, emancipar a las mujeres de toda clase de opresión.

Debido a que todos en conjunto, conformamos lo que se entiende como el colectivo humano y universal, mismo que debería trabajar en pro de una sociedad más justa y equitativa, sin que medien diferencias de sexo o género, contrapesando la balanza en torno a nuestros derechos y deberes que al fin de cuentas, son los harán mella en las futuras generaciones de mujeres y hombres que están por venir…