Avanzar en construir un tejido social fuerte, que nos permita adaptarnos a las nuevas condiciones que nos ha impuesto la pandemia, mientras asimilamos nuevos comportamientos y hábitos para facilitar nuestra convivencia, será el siguiente paso, de cara a la realidad que nos espera.

Poco o nada será igual que antes, a pesar de que los problemas de siempre continuarán su avance si no aprendemos las lecciones de esta emergencia mundial. La desigualdad, que es la principal, puede ampliarse por el tema de las vacunas y la forma en que éstas se han repartido o no entre las naciones del planeta, aunque no será la única manera en que la solidaridad humana será puesta a prueba.

Ahí es donde cada uno de nosotros puede aportar mucho para que la colaboración civil sea un factor de apoyo que surja desde nuestros vecindarios y hacia nuestras colonias para que la equidad sea una norma comunitaria que todos impulsemos.

La contribución de cualquier sociedad que resiste una crisis sanitaria como la que nos ocupa debe ser la formación de vínculos comunes que siente las bases de objetivos y metas para mejorar las condiciones de vida generales.

Es una oportunidad de probar que, como una sola sociedad, podemos establecer una dirección común encaminada hacia la prosperidad y las oportunidades para todas y todos. Esta coyuntura puede ser el trampolín ideal para que, calle por calle, tengamos una comunicación cercana y una colaboración más amplia.

En ese sentido, el valor que ha cobrado la salud, física y mental, como condición de una sociedad preparada y resistente a imprevistos podría modificar la escala de prioridades que mantuvimos durante tantos años y que ahora nos ha hecho reflexionar sobre la importancia de muchas cosas.

El uso del tiempo, por ejemplo, la manera en que nos relacionamos con los espacios, la relevancia de llevar una vida sana, de buena alimentación y actividad física constante. Todos, factores que se han vuelto determinantes para el futuro inmediato y para el largo plazo de las generaciones que vienen detrás.

Incluso, la forma en que usamos los espacios públicos y ocupamos vías de transporte para movernos pueden tener un impacto positivo en las condiciones del medio ambiente. Cuidar el agua, evitar incendios, prepararnos para enfrentar los cambios extremos del clima, significan la manera en que ayudaremos como ciudadanos a conservar las localidades que habitamos y el país entero.

Aún es pronto para saber con exactitud cuáles serán los cambios más relevantes en nuestro día a día, una vez que recuperemos cierta movilidad; lo que sí es seguro será la necesidad de vivir de formas más responsables, no sólo hacia nosotros mismos, sino hacia nuestro entorno. Esos siguientes pasos que demos en conjunto marcarán las siguientes décadas y por ello es relevante empezar el diálogo hoy mismo con nuestra familia y cercanos.

No considero que hablaremos de secuelas, pero sí de muchos aspectos que han cambiado nuestra psicología y nuestro comportamiento en casi un año y medio. Por un lado, se aprecian signos positivos de un comportamiento más enfocado en el bien común, aunque por otro, ha sido complejo dejar vicios y actitudes que en nada nos ayudaron durante este confinamiento.

No obstante, el ánimo siempre es un indicador social que debemos tomar en cuenta, es mejor y gracias a ello la oportunidad de modificar esas actitudes negativas está a la mano. Conectarnos en muchos sentidos con diferentes generaciones, apreciar el cuidado que merece la niñez, impulsar una cultura de igualdad y de respeto hacia las mujeres, son indicios de que estamos en un punto de quiebre que puede traernos enormes beneficios.

Se ha hecho un lugar común decir que completar una travesía empieza con el primer paso, pero es una realidad que estamos dando varios hacia adelante, por lo que debemos cuidar —y cuidarnos— de avanzar, porque también se puede retroceder o dar pasos laterales que socialmente no nos ayudan a ver por los demás y por nosotros mismos.

Esta convivencia que hemos tenido con familiares, amigos y colegas, de manera virtual, podemos traducirla a una física en cuanto las condiciones lo permitan y darle su lugar al contacto humano que tanto hemos extrañado y sustituido por herramientas tecnológicas que sí sirvieron para acercarnos, pero que no reemplazan esa unidad que pronto podemos retomar y emplear para vivir en comunidades mucho mejores.