Lo que en cualquier país serían anomalías en México se han convertido en fallas estructurales. Esto es, que aquello que es una irregularidad, cómo por ejemplo un político que sea deshonesto, se generaliza y penetra en lo más profundo de los factores que reproducen al sistema convirtiéndose en estructurales, por ejemplo, la deshonestidad como lógica de la gobernación.

México es un país que no ha sabido resolver sus problemas, si comparamos los problemas que diagnóstico Andrés Molina Enríquez a principios del siglo XX con los grandes problemas que se viven hoy en día, encontraremos que son los mismos aunque su dimensión ha cambiado. Para Molina esos problemas estaban en la base de la reproducción del sistema: el campo, el agua, la población, el crédito.

Hoy el campo está asolado, importamos la dieta nacional; el agua está contaminada y se arrasa con las aguas subterráneas; la población se auto reguló cuando decenas de millones abandonaron el país pero persiste racismo, desigualdad y discriminación; y se perdió el control del dinero que está en manos extranjeras, con lo cuál se carece de una política crediticia que financie el desarrollo nacional.

Al agravamiento de los problemas se le mezcla una elevación en la potencia del daño producido por las nuevas fallas estructurales, mientras que en el gobierno se carece de nuevas ideas para atacar los viejos/nuevos problemas; la calidad de los gobernantes va en declive, no obstante que se reforzó la elitización de la política y que en altos puestos de gobierno se encuentran personas que estudiaron en algunas de las mejores universidades del mundo, pero su elevado nivel académico se sometió a la lógica de la corrupción.

Es difícil resumir el principal reto del país, en el sentido de si ese fuera la clave del inicio de la solución que arrastre atrás de sí a todos los demás problemas.

López Obrador se concentró en la corrupción y de atacarse con fuerza posiblemente sirva para empezar.

Pero qué hacer con el régimen de privilegio por medio del cual se ha concentrado escandalosamente la riqueza, aumentado la pobreza y su calidad. Se han generado zonas urbanas que compiten con el primer mundo y otras que darían vergüenza en lo más pobre del tercer mundo. Este también incide en la política fiscal, porque la carga impositiva se distribuye de forma muy irregular entre los que más tienen y los que carecen hasta de futuro.

La economía se orientó para beneficiar a unos cuantos, en muy pocas décadas México cubrió una cuota desproporcionada de mega millonarios en el mundo (el que fue más rico por unos años) y la expulsión masiva de personas en una zona de paz. La clase media empezó a difuminarse y a perder su papel económico, con lo cual el mercado interno se estrechó sin que funcionara como un medio para la reproducción económica, por eso las tasas de crecimiento son tan magras. La entrega de la riqueza energética y minera a manos extranjeras agrava el cuadro, no solamente sigue escapando la riqueza nacional, sino que se trasladó al exterior la fuente que sostenía al gobierno, y así hoy encontramos a la deuda pública como uno más de los enormes problemas. Considérese que todas las alternativas de solución dependen de la disponibilidad de recursos.

Llegamos al tema de la seguridad. El país está en manos de pandillas criminales que han gozado de la aquiescencia del gobierno y de la complicidad de autoridades policíacas, judiciales y legislativas. El Estado de derecho es una mera ficción, aunque después de lavar su dinero aquí, los criminales y sus socios buscan países con un fuerte estado de derecho para que los protejan al esconder su riqueza.

La política pesa por encima de todas las cosas, así que urge limpiarla como condición para corregir al sistema, se requiere un gran esfuerzo para recomponer el muy deteriorado tejido político. La política se ve como medio de concentración de riqueza y poder y no como un medio para servir a los demás. El interés general se descompuso al convertirse en el interés de unos pocos, ya sea la oligarquía económica o la política.

Algunos totalitarismos atacan la corrupción con penas muy severas, entre ellas la de muerte, lo que complica la correción de este tema prioritario con mecanismos democráticos.

México se acostumbró culturalmente a la corrupción, el privilegio y el abuso y no será ni fácil ni rápido componer esta desviación cultural.

El nuevo gobierno tiene que actuar en muchos frentes simultáneamente, enfrentando escasez económica, moral y de políticos con una nueva mística entregados a la causa superior de salvar a la patria.

El otro componente es la sociedad. ¿Estará a la altura del reto?