La historia de Sixto Rodríguez merece ser contada. Está hecha de pasajes agridulces que hacen una vida memorable. Hijo de inmigrante mexicano y madre nativoamericana, nació en 1942, en Detroit, ciudad que ligaba su destino al impulso automotriz de años anteriores y no estaba exenta de las corrientes racistas de la época. Muchos negros y latinos vivían segregados, en condiciones de pobreza, hacinamiento, violencia y continuas erupciones sociales. Digamos que no era el lugar ideal para que creciera un niño, aunque el contexto explica lo que a la postre sucedería.

Llamado Sixto por haber nacido después de su quinto hermano, para 1970 Rodríguez tocaba la guitarra y cantaba en un bar a las orillas del río Detroit, frontera de Estados Unidos con Canadá. El lugar se llamaba The Sewer, algo así como «La Alcantarilla». Hay nombres que, más allá del humor negro, son proféticos. Fue ahí donde lo escucharon dos productores musicales que detectaron en él una gran capacidad para componer letras con profundidad social. No era el único trabajo de Rodríguez, evocado con los años como un «espíritu errante» de la ciudad, un «poeta de los barrios»; también se desempeñaba como obrero en la construcción.

Graba un primer álbum, «Cold Fact», de la mano de productores con oficio, que trabajaban con personalidades como Peter Frampton, Gloria Gaynor, Jerry Lee Lewis, The Cure. Los conocedores dicen estar frente a un compositor más que talentoso, una especie de profeta con guitarra, cuyas letras destilaban tristeza, marginación, opresión, apremiantes condiciones de entonces. Como es natural, sus canciones reflejaban sus vivencias. Ante el asombro de los expertos, el álbum fracasó. Grabó un segundo disco en 1971, «Coming from reality», que tampoco se vendió. La incipiente carrera artística de Rodríguez se diluyó por la alcantarilla, al menos en Estados Unidos, pues, al otro lado del mundo algo estaba por suceder.

«Dios no juega a los dados», dijo Einstein; el caso de Rodríguez objeta al genio de cabellos blancos. Sin que se sepa cómo, una copia de «Cold Fact» llegó a Sudáfrica en tiempos de intensa segregación racial, violencia y represión por parte del gobierno del apartheid, ante una sociedad que encontró en las letras de Rodríguez una bandera para enarbolar sus reclamos liberales. Sin siquiera imaginarlo, el hombre que protestaba musicalmente desde el decadente centro de Detroit, se convertía en el símbolo de una generación. Mi hipótesis es que cuando una sociedad está ávida de ciertos símbolos, los adopta cuando los reconoce (esta es la razón por la cual determinados candidatos políticos se convierten en la súbita posibilidad que un grupo anhela).

Para los sudafricanos, Rodríguez, su música y sus letras se volvieron, más que un fenómeno, un tema de culto. Los mitos, resanes de la razón y de la historia, completaron la realidad. Nadie había visto al cantante, se rumoraba que se había suicidado en pleno escenario. La gente hablaba de él como sólo se consumen las leyendas de seres fantásticos. Mientras Rodríguez barría patios traseros o apuntalaba techos, en otra latitud era un poderoso ícono de rebeldía, más famoso que Los Beatles y Elvis Presley. Un fanático convertido en detective se propone averiguar cómo había muerto la voz de una generación.
Su sorpresa es mayúscula cuando descubre que sigue vivo. En 1996 establece contacto con él y su familia, lo convence de viajar a Sudáfrica para dar un concierto en 1998. Cuando aterrizan en Ciudad del Cabo y ven llegar tres limusinas, piensan que son para otras personas, se hacen a un lado sin sospechar que ellos son los dignatarios. El destino empezaba a pagar una deuda.

Uno de los hombres más desconocidos de Detroit era uno de los hombres más célebres de Sudáfrica, donde pudo dar varios conciertos ante el júbilo de miles de fanáticos que experimentaban la resurrección de un ídolo. Sixto Rodríguez, cuya fama le fue ajena, aunque trascendió fronteras, murió el pasado 8 de agosto, en la misma ciudad que lo vio nacer. El documental que narra esta historia, Searching for Sugar Man, ganó el Óscar en 2013. Sólo entonces su país natal lo volteó a ver. «Bob Dylan es simple en comparación a Rodríguez», dijo un crítico.

Pues sí, dicen que Rodríguez volvió a morir.

@eduardo_caccia

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