Me encanta el compromiso de los partidos con la legalidad. Ellos hacen las leyes electorales y siempre andan buscando la manera de cómo darles la vuelta. Gran ejemplo nos dan a los ciudadanos. Ahora estamos frente a otro ejemplo nítido de una trampa electoral que se pretende solucionar, muy a la mexicana, con más regulación.

No hay sistema democrático perfecto. Todos tienen que equilibrar la representatividad con la gobernabilidad. Por un lado, el gobierno debe representar la voluntad popular. Lo ideal, en este sentido, es que el Poder Legislativo se conforme a partir de un sistema de representación proporcional pura. Ahí está, por ejemplo, Israel. Su Parlamento así se constituye. Es muy representativo, pero tan dividido que es difícil constituir una mayoría estable de gobierno.

Los anglosajones inventaron la representación territorial. Un diputado por cada distrito. Gana el candidato con más votos, aunque sea por uno. Esto genera bipartidismo y una fuerte sobrerrepresentación del partido ganador. En la elección del Reino Unido en 1983, por ejemplo, los conservadores obtuvieron el 42 por ciento de los votos, pero se llevaron el 61 por ciento de los escaños. Poca representatividad, pero con altos grados de gobernabilidad.

En México decidimos por un esquema mixto: 300 diputados los elegimos por mayoría en distritos y 200 por representación proporcional. Supuestamente esto equilibra gobernabilidad con representatividad. Sin embargo, para asegurar una mayor representatividad, se introdujo en la Constitución un artículo que ordena que ningún partido tenga un porcentaje total de la Cámara que exceda en 8 puntos a su porcentaje de la votación nacional.

En las últimas tres elecciones de diputados se ha violado este precepto. Los partidos, muy mañosos, han utilizado el nuevo sistema de acuerdos de coaliciones para manipular el sistema.

Esto lo comenzó el PRI con el Verde, pero en la última elección de 2018, los alumnos superaron al maestro. Me refiero a la coalición Juntos Haremos Historia (JHH) conformada por Morena, PT y PES.

La coalición fue unida en 292 de los distritos. Morena utilizó a los partidos chicos para meter ahí a sus candidatos. Ganaron en 220. Todos de Morena. Ninguna victoria para el PT y PES. Sin embargo, por el acuerdo de coalición que habían firmado, 106 se los dieron a Morena, 58 al PT y 56 al PES. Imagínese el absurdo de este último partido que ni siquiera alcanzó el 3 por ciento para mantener el registro, pero tenía el 11 por ciento de la Cámara de Diputados.

La gran mayoría de las diputaciones asignadas al PT y al PES eran en realidad de Morena. Pero, con esa triquiñuela, el INE le asignó más diputados de representación proporcional. De esta forma, la coalición JHH, que obtuvo el 46 por ciento de los votos en las urnas, recibió 308 diputados equivalentes al 62 por ciento de la Cámara: una sobrerrepresentación de 16 puntos porcentuales, el doble de lo que permite la Constitución.

En lo personal, yo no tengo problemas con la sobrerrepresentación. A mí siempre me han gustado los gobiernos fuertes (que no autoritarios) al estilo anglosajón. Pero aquí no estamos hablando de lo que me gusta a mí, sino del espíritu de la ley mexicana: limitar la sobrerrepresentación. Esa es la norma que hay que cumplir. Hoy no se está respetando gracias a las trampas de los partidos que apoyan a López Obrador.

El INE ha determinado un mecanismo para que no haya una sobrerrepresentación de más de 8% en los próximos comicios. Van a aplicar tres reglas.

Primero, asignarle el escaño al partido en el que milita el candidato ganador de un distrito. Ya no valdrá ser morenista, pero que le den esa curul al PT.

Segundo, en caso de una reelección, el escaño se lo otorgarán al partido al que perteneció el ganador en la legislatura anterior. No se valdrá asignarle la diputación al Verde si el triunfador fue diputado por Morena.

Finalmente, si el ganador no tiene una afiliación clara, se contabilizará el escaño a lo que dice el convenio de coalición “buscando el mayor equilibrio entre el porcentaje de votos y escaños obtenidos”. Aquí ya veo un gran problema. Más discrecionalidad que una regla clara. ¿Cómo buscará el INE este equilibrio?

En suma, estamos frente a la mexicanísima tradición de trampa que se quiere subsanar con más regulaciones. Si de por sí nuestro sistema era barroco, ahora pasamos al churrigueresco. Al rato va a tener que diseñar la NASA el algoritmo de la asignación de escaños en México.

Las reglas aprobadas por el INE tendrán que ser ratificadas por el Tribunal Electoral y, tomando en cuenta que Morena controla esta institución, no creo que vayan a pasar.

 

Twitter: @leozuckermann

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