Las palabras pueden herir, cuidado con lo que se habla.

Es importante cuidarse al hablar. Las palabras construyen pero también destruyen.

Lily, una mujer atractiva y recién divorciada, llegó a la comida familiar como todos los domingos en casa de su mamá. Como era costumbre, se encontraban reunidos todos sus familiares, incluyendo su propio hijo, Damián, de 13 años. Todos se encontraban conversando alegremente mientras esperaban pacientemente el sabroso almuerzo preparado por Raquel, la matriarca de la familia. Parecían estar teniendo una charla divertida y ligera.

Cada uno de nosotros tenemos la opción de escoger lo que decimos y como lo decimos; al ser responsables de las propias acciones y las palabras mejoramos el sabor de nuestras recetas.

Lily, no tenía ánimo o paciencia para ese tipo de conversación. Al contrario, se sentía furiosa, no pasaron ni dos minutos cuando le empezaron a brotar rápidamente las palabras llenas de rabia de su boca: «¡Casi no puedo creer lo que hizo este cretino! ¿Qué se puede esperar de alguien tan bajo y sin escrúpulos? ¡No se qué estaba pensando el día que me casé con él! ¡Nada bueno puede salir de alguien así! ¡Ya me decían que no era bueno para nada!, mal nacido y con pocas intenciones de hacer algo de su vida.» Lily lloraba desconsoladamente, sentía aberración por su ex marido, Ramón. Él la había herido, le había arruinado sus planes, sus ilusiones y sus expectativas habían sido truncadas repentinamente. Encima, Lily recién había descubierto que mientras estaba casada, Ramón la había engañado nada menos que con su mejor amiga.

Su familia coincidió con ella e inmediatamente comenzaron a difamar a su exesposo . Todos estaban de acuerdo que este hombre era de lo peor. Raquel, la madre, dijo que desde el primer momento que lo conoció, le había caído mal, siempre le había parecido poco hombre, un ruin embustero, Ella le había advertido a su hija que este hombre la iba a hacer sufrir. «Era perezoso para trabajar y se veía que es tacaño con su dinero. Lily, ¿te acuerdas que te dije que de él no ibas a recibir ni un centavo?»

En ese momento Lily comenzó a quejarse que el dinero que Ramón le pasa no le alcanza ni para comprarle ropa a su hijo. «El otro día, Damián me pidió dinero para comprarle un regalo a Ramón para su cumpleaños. Porque quiere comprarle algo, no lo entiendo. ¡Si él ni si siquiera me pasa el dinero que me debe! »

La hermana de Lily contó como Ramón siempre le dio mala espina. «Desde que me conoció coqueteaba conmigo. Salió igual a su propio padre, un viejo rabo verde. Sus padres son unos groseros y el señor es violento y borracho. Esas cosas deben venir con la sangre. De tal palo tal astilla». Todos los adultos allí sentados asintieron. Una tía agregó: » ¡Ese hombre es la peor basura!, un monstruo, no entiendo que le viste. Cualquiera te hubiera dicho que no podía darte nada bueno.»

En ese momento se escucharon unos bajos gemidos. Todas las miradas se dirigieron hacia Damián, el muchacho hacía esfuerzo por esconder y secar las lágrimas que le corrían por las mejillas. Cuando Damián pudo recuperar su aliento dijo con una voz temblorosa y quebrantada por el dolor: «Esa basura de la que están hablando es mi papá».

La familia enmudeció y la casa quedó sumida en un profundo silencio

LA RECETArecetas-titulo1

Midiendo el valor de las palabras

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INGREDIENTES

  • 1 taza de cautela
  • 2 cucharadas de atención
  • 1 sobre de control
  • 3 gotas de ojo noble
  • 1 pizca de discreción

RECOMENDACIÓN DEL CHEF

MODO DE PREPARACIÓN

  1. Es importante medir el valor de las palabras. Las palabras positivas y bondadosas construyen y acercan a las personas; las palabras punzantes y negativas, lastiman, secan el alma y nunca se olvidan.
  2. Una vez que las palabras salen de la boca de uno, se esparcen, salen de la cocina y es imposible recuperarlas. Cada persona escucha y entiende lo que quiere o lo que le conviene. Es imposible controlar el pensamiento de otros; hablar de terceras personas invita a crear malentendidos.
  3. Al hablar mal de una persona, se envenena a 3 cocineros a la misma vez. Se intoxica y contamina al mismo tiempo el que habla, el que escucha y del que se habla.

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