Para don Roberto Hemuda Debs,
in memoriam.

Nuestra vida ya era acelerada. En confinamiento ha entrado en un flujo continuo donde tenemos menos pausas que antes. Extrañamente, percibimos estar conectados en asuntos de trabajo durante más tiempo que antes. Entre una junta remota y otra apenas hay tiempo de ir a la cocina por un café, la reunión sigue mientras visitamos el WC, sin desconectarnos; en el mejor de los casos desactivamos la cámara y el sonido, cuando no, ya hay más de una involuntaria revelación. La conectividad permanente es como ir velozmente por un gran tobogán. Atrás quedaron los rellanos de la escalera o la pausa de un elevador cuando para en un piso anterior.

La omnipresencia de las pantallas en nuestra vida se ha intensificado y, seguramente, irá in crescendo. Desde las traslúcidas que amenazan separarnos para protegernos, hasta las tecnológicas. Despiertas y miras la superficie negra y brillosa de tu teléfono inteligente, aparece ahí tu mundo, coordinado en la palma de tu mano: citas, correo electrónico, decenas de mensajes nuevos del grupo en WhatsApp (donde no falta quien todos los días escribe “buenos días”), tu agenda, los pendientes, las últimas noticias, las tendencias, la nueva serie que causa sensación, esa foto que quieres compartir, la melodía de la que ya no te acordabas, las vacaciones de los Fernández (¡qué envidia!, otra vez en destinos de ensueño), y así, todo en tu mano, a tu alcance, en el momento que digas, siempre disponible, siempre “On Demand”.

Hace unos años no vivíamos este vértigo, nuestros rellanos eran las pausas forzosas, no negociables, de la vida: los cinco días para recibir tus 24 fotos reveladas, los siete días para ver el siguiente capítulo de tu programa favorito, los comercios que cerraban de 2 a 4 p.m., señal de un acuerdo tácito en el que todos comeríamos en esos 120 minutos de respiro; la postal que les mandabas a tus padres durante aquel viaje y que invariablemente llegaba semanas después de tu regreso a casa; el técnico que reparaba tu televisión y nunca aparecía el día que había anunciado, por supuesto, los interminables días, semanas, en que ese aparato en el que podías ver de 2 a 6 canales, se llevaba una parte de la alegría del hogar. Había que esperar. En el actual 24/7, ya no. Por más ventajas que la tecnología ha traído a nuestras vidas, viene, como todo cuerpo, con su sombra.

El fabricante automotriz Daimler ha impulsado una política para las vacaciones de sus empleados en la que el servidor de correo electrónico avisa al remitente que el colaborador está de vacaciones y que el mensaje será eliminado, dándole opciones de enviarlo a otra persona en caso de urgencia o bien sugiriéndole lo envíe en la fecha próxima. Esto ha logrado que las personas que vacacionan no tengan la ansiedad de regresar a desenterrar un alud de mensajes o, en el peor de los casos, informar de los avances de un proyecto mientras se embarran bronceador.

Así como muchas personas lucharon contra el cigarro, vivimos una adicción a la pantalla. Yo mismo hago muchas cosas a través de un espejo negro y lucho para balancear la vida personal y familiar. Arrellanados en un sillón, alejados del mundo exterior, conectados a todo, corremos el riesgo de acostumbrarnos a la vida de pantalla, adictos a la adrenalina por estar ahí, también por compartir. Compartir compulsivamente es otra de las adicciones del siglo XXI, cuyo epítome son los llamados vloggers o influencers, personajes con arrastre en las redes sociales que a ritmo sincopado confiesan su vida diaria, contenido que, por lo general, es un monumento a la intrascendencia.

Y de pronto un piano tocado en vivo te manda señales a través de los oídos. El destinatario es esa parte de tu cerebro que te recuerda que estás vivo, que un video no sustituye la caminata por la hierba y la pantalla no es mejor que el cuerpo. Habitamos detrás del plasma y el touch screen, detrás de un cubrebocas, detrás del miedo. Afuera, la vida espera.

Sobre mi escritorio hay un espejo de obsidiana. Lo compré en Teotihuacán. Su brillo perfecto semeja la pantalla de mi celular en reposo. A veces me veo en su oscuridad prehispánica. A veces deslizo mi dedo por la piedra negra; me reconforta saber que no enciende, que nada pasa.

@eduardo_caccia