Hace unos días se reunió José Ramón López Beltrán, hijo del Presidente, con varios alcaldes del Estado de México, en el arranque de los Centros Integradores de Bienestar en municipios mexiquenses. El tema no era menor: la forma de operar los programas sociales del gobierno federal. El descendiente del Presidente acudió, se dijo, como ciudadano, si bien hay evidencia en las redes sociales, como el tuit de la alcaldía de Naucalpan que menciona: «Nuestra Presidenta Municipal, Paty Durán, se encuentra reunida con funcionarios del @GobiernoMX y Alcaldes de la región para afinar detalles sobre los programas federales que beneficiarán a miles de Naucalpenses» y acompañó el mensaje de una imagen donde junto a la funcionaria se ve al heredero de López Obrador, en lo que podría ser un presídium.

El hijo del Presidente, hasta donde sabemos, no ostenta un cargo público. Al margen del magnífico poder de convocatoria que como ciudadano tiene el señor López Beltrán, el hecho despierta suspicacias sobre un tema fundamental para México: la lucha contra la corrupción y el influyentismo, una de sus derivaciones.

Días después, el presidente López Obrador emitió un memorándum que dirige a todos los secretarios de gobierno y servidores públicos en general donde dice «no acepto, bajo ninguna circunstancia, que miembros de mi familia hagan gestiones, trámites o lleven a cabo negocios con el gobierno en su beneficio o a favor de sus ‘recomendados'», y esclarece: «Ustedes no tienen la obligación de escuchar propuestas indecorosas de nadie. Y en el caso de mis familiares, ni siquiera de recibirlos en sus oficinas o contestarles el teléfono. Nada de nada».

Así como levanto la ceja en el tema de la reunión del hijo con alcaldes, aplaudo esta instrucción del presidente López Obrador. Este memorándum me recordó al reformador de Singapur, Lee Kuan Yew, quien, en su afán de erradicar la corrupción dijo: «Empieza por meter a la cárcel a 3 o 4 de tus amigos, y la gente te empezará a creer», y además creó un órgano fiscalizador autónomo que investigó incluso a miembros de su familia.

Si bien el caso Singapur es distinto al de México, encierra paralelismos interesantes. Un país con altos índices de corrupción, bajo crecimiento económico, deficiente educación y servicios de seguridad social fue capaz de convertirse en potencia mundial a pesar de no tener recursos naturales. En este sentido y al margen de estar de acuerdo o no con las medidas duras y autoritarias de Lee Kuan Yew, México tiene también la oportunidad de revertir sus males si la visión de su líder da para eso (o lo convencemos de que la tenga). El recientemente fallecido reformador gestó cambios relevantes: privilegió la educación y la tecnología, y si bien en los niveles básicos dio a todos la misma oportunidad, eventualmente el Estado apoyó a los más destacados estudiantes, no a todos.

Contrario a lo que sucede en México, Singapur comenzó a pagar a los servidores públicos salarios tan elevados como en la iniciativa privada, lo que atrajo talento y alto desempeño a su servicio público, que hoy es visto con mucho prestigio. En nuestro país el recorte salarial ha desincentivado la participación de los más capaces y, contrario a lo que busca el Presidente, es un aliciente para la corrupción.

Singapur se convirtió en un país seguro luego de imponer severos castigos incluso a penas menores, como masticar chicle, tirar basura, escupir en la calle, arrancar flores, comer en el Metro y más. El ejemplo que se dio a partir de ejercer consecuencias tuvo un impacto positivo en otras esferas. En México, las leyes no son el problema, somos un país de leyes pero con cultura de ilegalidad, no las cumplimos porque no hay consecuencias para quien incumple.

Seguiré insistiendo en que la movilidad, por ser (la calle) el gran escenario social, es el territorio para iniciar un cambio hacia la legalidad en México. Si somos capaces de corregir (y castigar) las pequeñas de miles de transgresiones que cometemos día a día, cambiaremos nuestra narrativa. Vivimos claroscuros, por lo pronto el ordenamiento presidencial contra el influyentismo potencial de su familia (si es que no queda en retórica) es una luz que debemos aplaudir (ni Salinas ni Fox tuvieron el tamaño para hacerlo).

@eduardo_caccia