Como empresario tuve la oportunidad de viajar por toda la República. Mi ramo era el textil, así que prácticamente en cualquier estado del país podía encontrar un cliente, un proveedor o un miembro de la industria. Aprendí, entre muchas cosas, que somos un conjunto de identidades que viven de maneras diferentes lo que nos ocurre, pero que en el fondo solo buscamos paz, tranquilidad y posibilidades para crecer.

Visto de esta manera, el Norte no es diferente al Sur, el Centro no es mejor que el Bajío, y el Occidente ofrece muchas de las oportunidades que brinda el Oriente de nuestro territorio. Sin embargo, tendemos a creer que cada región es distinta. Mi experiencia comercial me convenció de lo contrario.

A lo largo de esa etapa, y luego al frente de una organización civil que se puso la meta de llegar a cada entidad para prevenir el delito y fomentar su denuncia, pude comprobar que México es una nación de mujeres y hombres trabajadores, orgullosos de sus raíces y siempre dispuestos a buscar mejores opciones de desarrollo.

Por eso observo con recelo este ruido en redes sociales, y en algunos otros espacios, en contra de la migración que viene de Centroamérica, porque lo mismo he conocido a gente que nació en Jalisco viviendo en Chiapas, como nacidos en Chetumal que encontraron su destino en La Laguna.

Es una realidad que las personas movemos nuestra residencia por muchos motivos; el peor, la necesidad. Pero si mañana existe un futuro más prometedor en Tijuana, allá iremos; de la misma forma que, si sabemos de una oportunidad en Campeche, ahí estaremos con todo y familia.

Esta movilidad ha enriquecido muchas zonas del país y ha cambiado, para bien, muchas otras. El ejemplo más emblemático es la Ciudad de México, cuyas raíces son de migración y que se ha formado de cientos de miles de personas que llegan con la esperanza de encontrar no una oportunidad, sino su oportunidad en la vida.

Tampoco hay nada de malo en quedarse. Quien ha visto pasar generaciones por su calle o su colonia sabe que existen pocas cosas más satisfactorias que arraigarse en un lugar y ver crecer a los hijos, a los nietos, y a sus nuevas familias.

Requiere valor abandonar el sitio de nacimiento, aunque sea por un destino mejor. De acuerdo con la ciencia, el desarraigo nos afecta en lo moral y hasta en lo físico, debido a que no desarrollamos un sentido adecuado de pertenencia, es decir, no ser de ninguna parte va en contra de nuestra naturaleza como especie.

Imaginemos ahora lo que ha ocurrido con nuestros familiares, amigos o conocidos, que tuvieron que irse a los Estados Unidos por la falta de empleo, por la violencia o por cualquier otra obligación. Cerrar una puerta de ese tamaño jamás es fácil.

Ahora pensemos en aquellos que vienen de otras naciones, las que sean, como los españoles hace 80 años o los judíos que llegaron a México huyendo de la guerra, que no es otra cosa que la combinación de la tragedia, el hambre, la desesperación, la falta de alternativas y, tristemente, también la muerte.

Sin embargo, en esos momentos de nuestra historia también hubo estas falsas alarmas y estas amenazas inventadas en contra de los migrantes. Son una cortina de humo para disfrazar la división que se necesita para culpar a alguien más de nuestras desgracias, igual que para justificar el racismo y el clasismo que habita en muchos círculos en contra de quien viene de fuera.

No caigamos en el engaño, casi ninguna migración es negativa para el país que la vive; la muestra principal son los Estados Unidos. Si no queremos alimentar el mismo odio que ha servido para destruirnos en el pasado como humanos, participemos en las diferentes formas en las que una sociedad puede ayudar a manejar una migración o cometeremos el error que cometieron nuestros vecinos y que han cometido otras naciones en la historia. No vale la pena.