La gran literatura enrarece la realidad, es decir, brega contra el dogmatismo, contra la costumbre, contra los hábitos, sean de percepción o de raciocinio. Kant, el filósofo que transformó la visión cartesiana en visión crítica de los procesos de la mente humana, enseñó que es menester, antes de poner por obra cualquier quehacer científico, escrutar las proposiciones que componen nuestros conocimientos. Hay, como saben los lectores letrados, proposiciones sintéticas, es decir, singulares y accidentales, “experienciales”, y hay las proposiciones analíticas, que son universales y necesarias, “lógicas”. Lo anterior, expresado “en dólares”, como dicen los angloamericanos, se ilustra del modo siguiente. Si afirmo que el ser humano posee huesos, afirmo algo analítico, pues el ser humano, allá y acá, imperiosamente posee huesos. Pero si afirmo que el ser humano es bello, entonces estoy afirmando algo sintético, pues la armonía corporal es virtud escasa.

Los literatos, con subterfugios lógicos, psicológicos, estilísticos, filosóficos, suelen ofrecer textos donde lo sintético parece analítico, y ejemplo de ello es el cuarteto primero del Soneto IV, de William Shakespeare, que dice:

Unthrifty loveliness, why dost thou spend

Upon thyself thy beauty’s legacy?

Nature bequest gives nothing, but doth lend,

And being frank she lends to those are free.

He traducido los versos lacónicamente y afanando no usar ni menos de diez sílabas, para semejar el pentámetro yámbico, ni más de catorce (ambición malograda, pues no soy poeta), para semejar el alejandrino español. Luego, digo:

Despilfarradora hermosura, ¿por qué gastas

en ti la belleza que heredaste?

El natural legado no es regalo, sino préstamo,

y a las claras se da a los libres.

Notará el lector que el poeta no separa el cuerpo, ese bulto atenido a las leyes de la naturaleza, del alma o idea del “yo”, esa substancia eterna y libre, y que los mantiene juntos mediante el concepto de “belleza”. La naturaleza, afirma, ofrece belleza “a los libres”. Luego, los bellos son libres. Tan falsaria, arbitraria, sintética afirmación, en la poesía de Shakespeare parece inasequible para la lógica, para la crítica, según ha dicho Borges. Es que datos sensoriales, estéticos, y conceptos, son asociados en la mente humana inconsciente y desordenadamente.

Tal ardid ha sido usado por Aldous Huxley, autor de Brave New World, distopía donde se describe cierta sociedad de esclavos felices incapaces de asir con la mano de la lógica el mundo circundante. Tal embrutecimiento se logra a través de “prejuicios hipnopédicos” (“hypnopaedic prejudices”, cap. 4). En el soneto de Shakespeare los bellos son libres. En el libro de Huxley hallamos el mismo ligamen, la misma síntesis entre lo sensorial y lo intelectual, pues leemos (ibidem): “Los gamma, delta y épsilon han sido, en cierta medida, condicionados a asociar la masa corpórea con la superioridad social”. Lo grande, así, es superior.

La gran literatura dispensa inauditas cosmovisiones, y el concepto de “cosmovisión” se explana sin sudores con la filosofía de Kant, que enseñó que la mente humana es por naturaleza arquitectónica, o en palabras más sencillas, dice que la mente, al pensar, sistematiza, lo note o no, una psicología, una ontología, una cosmología y una teología. Tal urdimbre acarrea las siguientes preguntas: ¿qué es el hombre?, ¿qué son las cosas?, ¿cómo se unen y desunen las cosas?, ¿cuáles son los orígenes y fines del mundo?

Moby Dick, de H. Melville, uno de mis nuevos dilectos libros, después del Quijote, claro es, responde del modo que sigue: el hombre es un ser andante, marítimo, fuerte, y las cosas del mar son o “peces sueltos” o “peces apropiados” (“loose-fish”, “fast-fish”), y lo que une y desune las cosas es la fuerza, y el objetivo del esforzarse es allegar gloria, honor. Huxley, para forjar su distopía, echa mano precisamente de los contrarios morales de Moby Dick, que llamaremos “disvalores” (no se olvide que Harold Bloom, en un papel de cuyo nombre no puedo acordarme, ha comparado al capitán Ahab con Alonso Quijano).

Los palurdos de Brave New World son o “ciegos átomos”, usando metáfora de Borges, o meras piezas de maquinaria. Son átomos sin consciencia porque desean con ardor pertenecer al “río social” de la comunidad (“Social River”, leemos en un himno referido en el cap. 5), y son meras piezas de maquinaria para no desestabilizar el orden político imperante, para no ser “redondos clavos en cuadrados agujeros” (“Round pegs in square holes”, dice Huxley al prologar su pesadilla). ¿Qué es el hombre? Átomo o pieza, simple geometría viva. ¿Qué son las cosas? Por ende, son o meros derivados de elementos o son mecanismos de maquinaria. ¿Por qué se unen o desunen las cosas? Por corrupción, si hablamos como antiguos griegos, o por desgaste físico o por inutilidad causada por la transformación tecnológica. ¿Cuál es el fin de levantar tal maquinaria? Paliar egoístas ambiciones, como en el sistema capitalista.

La gran literatura transforma el tradicional significado de las palabras. Kant, que bregaba en demasía para escribir correctamente, enseñó que el lenguaje, por ser ambiguo, nos vuelve víctimas de ilusiones mentales, es decir, de conceptos que no indican objetos reales, o víctimas de ilusiones matemáticas, es decir, de objetos geométricos y aritméticos, que son entidades que sólo existen en la imaginación.

Los literatos son ilusionistas de la ambiguedad. Pongamos ejemplo ya no inglés, sino castellano. José Ortega y Gasset (Orígenes del español), que se tenía antes por creador literato que por filósofo, para encomiar la obra de Menéndez Pidal, obra filológica, abstracta, “irreal”, en vez de decir “lexicografía” dijo “botánica verbal”, y en vez de decir “recoger palabras” dijo “herborizar”, con lo que atribuye al quehacer impalpable del erudito amigo del lenguaje cualidades de la naturaleza viva. Pero los adjetivos, cuando no dan vida, matan, según dice un versificador chileno.

En la trama de Huxley se hace lo contrario, y se enseña a los palurdos personajes que la “historia es patraña” (“History is bunk”, cap. 3), y tal patraña se repite hasta el vómito, esto es, hasta transformarse en eslogan, en melodía, en sonido continuo ya no asequible al análisis intelectual, y así la Historia, ciencia que antaño fue madre de las ciencias, en la distopía que venimos comentando es humanista sentimentalismo, o desorden. Es que en otro capítulo se afirma lo que sigue: “Cuando el individuo siente, la comunidad tiembla” (“When the individual feels, the community reels”, cap. 6). Los términos “feels” y “reels”, rimando, se vuelven intuición sensorial de conceptos abstractos (“individuo” y “comunidad”), es decir, se trastocan en paralogismo. Huxley, en suma, con ingenio de publicista ha urdido obra que nos muestra los tejidos de cualquier propaganda imperialista.

Y, finalmente, dígase que la gran literatura invita a aniquilar la apercepción, el “yo”. Kant sostiene que el ser humano, para ser libre, necesita vivir regulado por máximas morales, es decir, por ideas, que son independientes de la experiencia. Si tales ideas no proceden de la experiencia, entonces son innatas, y si innatas, entonces el “yo” es algo eterno, luego, increado, por tanto, libre.

The Martian Chronicles, del angloamericano Ray Bradbury, es obra que con artificios no sólo literarios, sino psicológicos, nos imprime la idea de soledad. ¿Cabe decir, p. ej., que viviendo entre marcianos estamos en soledad? Mediante voces musicales (“musical voices”), mediante el porfiado uso de la palabra “wind”, que connota el frío, y de “warm”, que significa “tibio”, y mediante el mecanizar santuarios (“mechanic sanctuary”), páramos (“mechanical wilderness”) y hasta paranoias (“mechanical paranoia”), Bradbury derroca todo afán antropomórfico, y todo lo rebaja a sensaciones, a lo experiencial, que es lo contrario de la libertad.

Si imaginar máquinas parlantes acariciadas por vientos marcianos nos lanza al infierno de la soledad, imaginar multitudes de seres humanos mecanizados nos adentra en el infierno de la cultura de masas, cuyo fruto principal es la enajenación. Los personajes de Huxley son destinados al sometimiento, a un “insoslayable destino social” (“unescapable social destiny”, cap. 1), y quédanse sin “yo”, sin ideas, merced al vivir experimentando. Dichos personajes son incapaces de retrotraerse, de concentración intelectual, y por ello imprecan contra cualquier angostura de impulsos, de energía (“a narrow channeling of impulse and energy”, cap. 3).-