Las caravanas son movimientos santuarios de migrantes. Marchan en grupo para protegerse mutuamente. También intentan representar el viacrucis de Jesucristo. Esto es, pretenden mostrar que los migrantes en tránsito sufren un calvario como el del hijo de Dios en la Tierra.

El Estado mexicano mostró su gran debilidad ante la caravana desde que partió de San Pedro Sula, Honduras, la de los siete mil, la mayoría hondureños, hasta que llegó a Tijuana. El gobierno federal no tuvo alternativa más que dejar llegar el problema a Tijuana, a sabiendas de que ya en la frontera, puede ser explosivo. Trump sentenció, fiel a su costumbre, sin escrúpulos –Si ellos arrojan piedras a nuestro Ejército, nuestro Ejército peleará–. Mi amigo, el agudo analista Agustín Gutiérrez Canet escribió un artículo cuyo título recoge muy bien lo que representa esta crisis que tenemos en la frontera: ‘La carava nos tiene en vilo’.

El Estado mexicano fue débil ante la caravana por cuatro motivos principales.

Primero, porque los últimos tres gobiernos –Fox, Calderón y Peña– han sido por lo menos negligentes hacia los abusos de que son objeto en nuestro territorio los migrantes en tránsito. Hace aproximadamente más de 15 años que visité por primera vez La Casa del Migrante en Tapachula, que dirige el padre scalabrino, Flor María Rigoni. Me dijo dos cosas que me impactaron, saboreando un café del Soconusco: el territorio de México es un panteón sin cruces de centroamericanos, y los migrantes mexicanos son pasajeros de primera clase en comparación con los centroamericanos.

Ambas frases son terribles. Sin embargo, tres sexenios y contando, los abusos no han disminuido. No sólo los migrantes en tránsito constituyen una presa fácil para el crimen organizado, sino que también la autoridad –local, estatal y federal— abusa a menudo de estas víctimas invisibles. Se les conoce así porque no quieren ser vistos pues pueden ser deportados o abusados.

Segundo, las distintas organizaciones civiles en torno de la migración -muchas de ellas son muy profesionales y con tareas ejemplares- son vistas por el Estado como adversarios. Este ha sido un grave error, pues en lugares como Tijuana, las ONG y las organizaciones religiosas claramente hacen la diferencia. Saben presionar muy bien, lo cual es central en su labor, a la autoridad para que se aplique en los temas migratorios. Lo que he observado desde que llegué a la región San Diego-Tijuana hace ya poco más de un año, es que Tijuana es un modelo nacional de acogida al migrante. En mis conversaciones con personas de la caravana siempre me dicen, queríamos venir a Tijuana porque sabíamos que aquí seríamos bien recibidos. Y desde luego que hay tijuanenses preocupados e incluso algunos que se manifestaron, pero no son mayoría y esta es la caravana sin precedente en cuanto a sus números.

Tercero, al politizar Trump la caravana y hacerla parte del ciclo electoral de Estados Unidos, restó margen de libertad al gobierno de Peña y al entrante de AMLO. Más aún, al exigirle abiertamente al gobierno de México que parara a la caravana, lo puso entre la espada y la pared. Si el gobierno trataba de disuadirlo o de esparcirlos, sería visto como el que le hacía el trabajo sucio a quien despacha en la Oficina Oval.

Cuarto, la caravana pescó al gobierno federal en plena transición y evidentemente débil. Los que se van ya no quieren tomar decisiones y los que entran no están aún en control. Esto se hizo evidente, por ejemplo, el pasado 20 de noviembre en que la secretaria de Seguridad Interna (Homeland Security), Kirstjen Nielsen, visitó la frontera San Diego-Tijuana. No estuvo ningún secretario de Estado mexicano, ni de los que se van ni de los que llegan, para hablar con ella. Era una visita de la mayor importancia, pues aquí expresó por primera vez el deseo de Washington de que los miembros de la caravana permanezcan en territorio mexicano mientras esperan respuesta sobre su solicitud de asilo. El proceso actual es que quienes solicitan asilo esperan la respuesta en prisiones de Estados Unidos o con un localizador corporal.

Ahora bien, es verdad que la coordinación y apoyos hacia la caravana han mejorado desde el domingo 18 de noviembre en que se habilitó la Unidad Deportiva Benito Juárez en Tijuana para recibirlos. Existe un grupo de autoridades de ambos lados de la frontera que está trabajando sin descanso incluso de la mano con las organizaciones sociales para generar mejores condiciones para los migrantes.

Bien hecho, pero estamos atendiendo los síntomas, no la enfermedad y sus causas.

Mi visión es que AMLO y su equipo deben ver la caravana como una ventana de oportunidad. Su política hacia la migración debe ser muy clara: que no haya necesidad de más caravanas. Para esto tendrá que ir a las raíces de la expulsión migratoria tanto en Centroamérica como México y hacer de la protección a los derechos humanos de los migrantes en tránsito una realidad.