Los chairos del mundo, en esta ocasión, han ido demasiado lejos. Veamos los hechos, fríamente, en relación con el caso del tal Rittenhouse (un supuesto supremacista blanco y asesino que no fue condenado a cadena perpetua, lo que también supuestamente revela la injusticia sistémica de una nación racista, desde sus orígenes y dentro de su propio ADN, como lo diría Obama).

1.- Un ciudadano de 17 años ejerce, en estricto apego a la ley, su derecho de portar un arma. 2.- Una horda salvaje y criminal (literal y demostrablemente hablando) intenta lincharlo sin motivo ni razón válida alguna, y él, para proteger su integridad física, mata, en defensa propia y como último recurso, a dos agresivos criminales (uno de ellos desarmado, pero agrediéndolo y forcejeando con él nada menos que para arrebatarle su arma de fuego, y el otro estrellando la parte metálica de una patineta contra su cabeza en repetidas ocasiones) y dispara a un tercero, mientras este último ya le apuntaba con un arma de fuego a la cabeza (claramente visible en video, por cierto, y además confesado, bajo juramento, por el propio agresor de Rittenhouse). Lo curioso de lo que aquí les estoy narrando es que hay múltiples testigos e incluso, como recién lo comentaba, distintos videos bastante claros de todo lo ocurrido. Es decir, es éste muy posiblemente el caso de legítima defensa más claro e incuestionable que jamás haya conocido (así como con un mayor cúmulo de evidencia más que irrefutable a la mano), de ahí que el jurado, de manera unánime, haya declarado inocente hace unos días al tal Rittenhouse de todos los cargos que se le imputaban.

Ya con toda la evidencia sobre la mesa, incluida la de corte videográfico (que contradijo lo que sostenía la narrativa mainstream, predicada de forma dogmática por celebridades, políticos y la mayor parte de la prensa) pudimos todos darnos cuenta de que Kyle Rittenhouse no era supremacista blanco, que no disparó en contra de ningún individuo de raza negra, que no viajó armado de un Estado a otro, que no portaba un arma ilegal, que al hombre desarmado al que Kyle le disparó, como ya lo mencionaba, no sólo lo atacó primero a él (a Rittenhouse), sino que en el forcejeo intentaba arrebatarle su rifle, etc., por lo que no sólo quedaron expuestas todas esas y demás mentiras que gran parte de los medios masivos de comunicación y demás personajes chairos de todo el mundo pronunciaron ad nauseam a favor de su propia narrativa melodramática y de sus falaces principios chairescos, sino que considero que resulta también sumamente cuestionable el siquiera haber llevado a juicio al tal Rittenhouse por principio de cuentas (repito: no con base en mi ideología política o religiosa o yo qué sé, sino estrictamente con base en la evidencia ya disponible para todos nosotros).

Bueno, pues a pesar de todo lo anterior, el mundo chairo, en vez de rectificar en contra de su propia estupidez y de su amor a la mentira, aún al día de hoy se encuentra de luto, incluido el inepto del presidente gringo, Joe Biden, que sin explicar exactamente por qué, tuvo el descaro de declarar que, el hecho de que el jurado haya encontrado inocente al acusado le provocó «enojo y preocupación». ¿Por qué? ¿Por qué un ser humano, en especial el presidente de los Estados Unidos, no se enojaría ni se preocuparía si un inocente de 17 años fuera linchado y asesinado (de forma enteramente injusta) por una horda de criminales (o si fuera condenado injustamente a cadena perpetua), pero sí si éste salva su vida, a todas luces, en legítima defensa y en estricto apego a derecho?

Una cosa sería lamentar profundamente una tragedia (y toda pérdida humana, incluso la de dos criminales violentos, sin duda lo es), pero otra cosa es que nos enoje y nos preocupe que unos criminales violentos hayan provocado dicha tragedia y muerto como consecuencia de ello en vez de su inocente víctima.

¿Por qué, entonces, los indigna el veredicto y los enoja y los preocupa que se haya hecho justicia en vez de lo contrario? Bueno, creo, con entera honestidad, que porque son chairos (así de simple).

El chairo, justo como el presidente mexicano (chairo entre los chairos), no sólo prefiere abrazos en vez de balazos, lo que es mucho más que entendible (digo, de hecho yo también los prefiero y por mucho, a pesar de que soy uno de los individuos menos chairos que he tenido el infortunio de conocer a lo largo de toda mi vida), pero como decía, no es sólo que prefieran los abrazos que los balazos, sino que también prefieren, como sus propias acciones y palabras ya lo han demostrado, que un criminal asesine inocentes y que luego ellos, magnánimamente, abracen al criminal y viceversa, a que el inocente a ser sacrificado mejor se defienda de forma justa y legítima del criminal que pretendía arrebatarle la vida. Esos, lamentablemente, son también los abrazos que ellos prefieren (de ahí que su terriblemente pobre cadena de “argumentos” oscile entre un: “el joven no debió estar armado; en definitiva, deberían prohibir las armas”, -claro, hubiera sido menos peor que lo lincharan- y un: “¿cómo se le ocurre ir a un lugar peligroso con un rifle?” -como si la libertad de tránsito no existiera o como si el protegerse a uno mismo sólo aplicara para lugares de baja peligrosidad o qué sé yo-).

Y es que no encuentro otra razón posible para que los chairos del mundo se encuentren echando espuma por la boca por un simple y común caso de legítima defensa ocurrido no sólo en estricto apego a proceso y a la ley del Estado de Wisconsin, sino a toda ética humana medianamente decente que podamos encontrar y/o dilucidar.

Y, lo más gracioso del asunto, es que la oposición mexicana, en vez de tomar partida en favor de los derechos inalienables del individuo, se une a los aullidos de dolor de la manada chaira y del demencial presidente Biden, así que, por patético y risible que se escuche, López Obrador tiene, como contrincantes suyos, nada menos que a otra repudiable manada de chairos (de otra subespecie, pero digamos que primos bastante cercanos entre sí), sin la menor idea de cómo funciona ni la política ni la economía ni las ciencias jurídicas ni los derechos ni las garantías individuales (por eso estamos como estamos).

En resumidas cuentas: si nuestra chairez nos lleva a calumniar a un inocente sin que primero nos hayamos tomado la molestia de haber visto el juicio completo o ya siquiera los momentos legalmente más relevantes del mismo (como al criminal que sobrevivió al contraataque de Rittenhouse declarando bajo juramento que a él no se le disparó sino hasta que él mismo le apuntó a quemarropa con su arma de fuego nada menos que al propio Kyle Rittenhouse), y nos “enoja y preocupa” (como al idiota de Biden) que un inocente haya salvado su propio pellejo de forma enteramente legítima ante una multitud criminal y enardecida, es hora ya de que detengamos la marcha y nos contemplemos concienzudamente al espejo, porque me temo que ello implica que ya nos hemos convertido en parte esencial del problema y no de la solución (increíble, pero en un mundo putrefacto, infestado de chairismo radical, el ya tan sólo atrevernos a salvar nuestra propia vida en legítima defensa o incluso decir la verdad al respecto, ahora se ha tornado, a estas tristes alturas, ya en un acto de auténtico heroísmo).

No hay comentarios

Agregar comentario

Artículo anteriorAMLO en Washington: ¿prueba superada?
Siguiente artículoMás pan y menos circo

Egresado del Conservatorio de Música de Baja California en la carrera de composición y del Centro de Estudios Cinematográficos Cinefilias, donde obtuvo el doble diploma como realizador cinematográfico y guionista.

Realizó estudios de perfeccionamiento en Estados Unidos, Alemania e Italia, estudiando en algunos de los centros más importantes del mundo, como los estudios cinematográficos de Cinecittà en Roma, Italia y composición de música para cine con el maestro ganador del premio Oscar, Luis Bacalov en la reconocida Accademia Musicale Chigiana en Siena, donde además fue merecedor de la beca de excelencia académica.

Su primer trabajo profesional como productor ejecutivo lo realizó a los 16 años, con el mediometraje Marea Baja, dentro del cual también fungió como asistente de dirección, actor protagónico, guionista y compositor.

Ha obtenido diversos premios y reconocimientos nacionales e internacionales como cineasta, compositor, arreglista y director de orquesta, entre ellos el primer lugar dentro del concurso nacional de guión de cortometraje del Festival Internacional de Cine Judío de La Ciudad de México con Un día inolvidable, así como uno de los reconocimientos y apoyos que otorga a nivel nacional el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) con su guion de largometraje Funeral para una marioneta.

En televisión, destaca su labor como director y escritor en jefe de la exitosa comedia María de Todos los Ángeles (ganadora del premio TVyNovelas a mejor serie 2014 y transmitida en el horario estelar del Canal de las Estrellas de Televisa, así como en muchos otros países de Latinoamérica y el mundo). Actualmente, funge como asesor financiero de diversas casas productoras de cine y televisión de México y los Estados Unidos.