Puente vacacional de las fiestas patrias de gran alegría para la izquierda mexicana de la vieja guardia. La que todavía derrama lágrimas de emoción por la Revolución cubana y no ha admitido que ésta derivó en una dictadura opresora. Los que siguen citando a Fidel Castro y al Che Guevara sin importarles la violación a los derechos humanos en la isla. Los que idolatran, de igual manera, a Hugo Chávez, el gran heredero revolucionario en América Latina, aunque se haya convertido en otro dictador que condujo a Venezuela a la quiebra económica y la represión política.

Hoy, sin embargo, ya no están ni Fidel ni su hermano Raúl ni el amigo Hugo. Hoy están burócratas grises que recibieron el poder de sus antecesores históricos. Son los dictadores actuales de Cuba y Venezuela: Miguel Díaz-Canel y Nicolás Maduro. Ambos visitaron la Ciudad de México estos días.

El manual del poder de los presidentes priistas del siglo pasado recomendaba que, para dar muestras de soberanía mexicana frente a Estados Unidos, había que acercarse al régimen revolucionario cubano, tan odiado por Washington. Recibir o visitar a Fidel. Perdonar la deuda externa de ese país y dar un emotivo discurso exigiendo el fin del embargo estadunidense a la isla. Todo un show para “demostrar” la independencia del gobierno mexicano de sus vecinos del norte.

López Obrador ha seguido con puntualidad dicha recomendación. Viejo priista, al fin y al cabo, ha mimado a los actuales dictadores de izquierda, tan distantes de Washington, para demostrar lo soberano que es México.

La realidad es otra.

El Presidente mexicano ha tenido que aceptar la vergonzosa obligación de detener a los migrantes centroamericanos, haitianos y cubanos en México para que no crucen el país y lleguen a Estados Unidos. Miles de tropas de la Guardia Nacional estacionadas en las fronteras sur y norte con la misión de hacerle el trabajo sucio al gobierno de Biden, como antes se lo habían hecho a Trump.

Gente inteligente que apoya a AMLO, como Lorenzo Meyer, lo entiende a la perfección. El siete de septiembre, el profesor emérito de El Colegio de México escribió en su cuenta de Twitter: “Nuestro gobierno manda barcos de su armada con ayuda a Haití, pero también manda al INM y a la Guardia Nacional a impedir, incluso a golpes, que haitianos y otros salgan de Tapachula rumbo al norte. Debe ser fuerte la presión de Washington para obligar a México a esta contradicción”.

De inmediato, el Presidente le respondió: “le digo a mi maestro, con todo respeto, que nosotros no nos dejamos presionar por ningún gobierno extranjero, que nosotros actuamos con apego a los principios de nuestra política exterior. O sea, a lo mejor él imagina que si se dieron estos casos en el sur es porque nos está presionando el gobierno de Estados Unidos. No aceptamos presiones de ningún gobierno, México es un país independiente, soberano y somos más libres que nunca. Entonces, sí tenemos esa situación que nos preocupa y que estamos atendiendo, pero no es porque estemos de peleles o de empleados del gobierno de Estados Unidos, es que estamos poniendo orden y ayudando, protegiendo. Porque, la verdad, yo sí sostengo y puedo probar que si abrimos y pasan libremente hacia el norte corremos muchos riesgos, ellos corren muchos riesgos, no podemos garantizar sus vidas, su seguridad”.

Ahora resulta que los reprimimos en la frontera sur para que no lleguen a la peligrosa frontera norte. ¡Por favor!

Es triste, pero hay que aceptarlo. Como dice Meyer, esto es a consecuencia de las presiones estadunidenses. Sí, México se ha convertido en el empleado de Washington. Y, para salvar algo de cara, López Obrador recurre a la vieja práctica priista de acercarse a los dictadores de la izquierda latinoamericana para demostrar lo contrario.

La Casa Blanca y el Departamento de Estado ya se saben este viejo truco mexicano y lo toleran. Está bien, hombre, que reciban a Díaz-Canel y lo dejen hablar en el Día de la Independencia mientras ellos sigan haciéndonos el trabajo sucio al sur de nuestra frontera. Que nos exijan con fervor el levantamiento del embargo y luego abracen, también, a Maduro. Ya se quejarán algunos congresistas republicanos, particularmente los de Florida, que no entienden este juego de máscaras de los mexicanos.

Y aquí, en México, muchos se creen este cuento. Particularmente los izquierdistas de la vieja guardia quienes quedaron extáticos este fin de semana. Avivaron su flama revolucionaria porque, sí, a lo mejor son unos dictadores, pero son nuestros dictadores.

 

                Twitter: @leozuckermann