A seis días de la absurda consulta convocada por el gobierno y redactada por la Suprema Corte, existen buenas razones para suponer que el ejercicio representará un fracaso para el régimen. Pero los partidos de oposición podrían contribuir un poco más a que dicho fracaso sea palpable y contundente.

Ilustración: Estelí Meza

El primer indicio de las dificultades que enfrenta el gobierno para alcanzar los 37.4 millones de participantes necesarios para que la consulta sea vinculante yace en las ganas que le están echando Morena y López Obrador para alentar a la gente a votar. En kioscos, redes, discursos, comentarios, publicidad, etc., los morenistas buscan cómo convencer a los electores a pronunciarse en torno a una pregunta incomprensible y aberrante. Saben que la inercia no los favorece. Acaba de haber elecciones; no hay interés por parte de los ciudadanos; habrá pocas casillas —sólo un tercio de las que se instalaron el 6 de junio— y por lo tanto habrá que dedicar más tiempo a los desplazamientos, y correr el riesgo de que haya aglomeraciones por si la gente vota. Buenas razones para no votar.

Por otra parte, la consulta, afortunadamente, no ha generado polémica. Los supuestos destinatarios de la misma —los expresidentes— han guardado relativo silencio; los medios le han dedicado poco espacio; la comentocracia no se ha ocupado del tema; la prensa extranjera la desprecia; los “actores políticos’, para utilizar el término de la patética redacción del texto, la han ignorado. De nuevo, buenas razones para no votar.

Pero los principales partidos de oposición, aunque se han pronunciado contra la consulta, no han llamado activamente a la abstención, por lo menos no con cierta solemnidad oficial. No es sencillo el dilema en el que se encuentran, ciertamente. Si mantienen cierta indiferencia, evitan atraer atención a la consulta y pueden desentenderse del resultado, si fuera favorable al gobierno. Y si desfavorece al gobierno, siempre pueden cantar victoria, aunque no hayan hecho nada para alcanzarla. En cambio, si hacen campaña a favor de la abstención, quedan comprometidos con un resultado: habrá un rasero evidente para determinar si la oposición ganó o perdió.

A pesar de ello, me parece que en los días que restan, PRI, PAN, PRD, y en su caso Movimiento Ciudadano, harían bien en llamar claramente a sus adeptos a no votar. Por tres razones. En primer lugar, porque la inercia va en esa dirección; hay que subirse a un tren en marcha, o a una ola en ciernes, según la metáfora que cada quien prefiera. Es más probable poder colgarse la medalla que cargar con el muerto, siguiendo con las metáforas.

En segundo lugar, cualquiera que sea el porcentaje de participación, López Obrador va a cacarear el porcentaje del “Sí”. No se puede esperar menos de él: mentirá sin rubor que 90 % de “mexicanos” votaron por juzgar a los expresidentes, cuando habrá sido el 90 % del 20 %, por ejemplo, y no habrán votado por eso. Pero si la oposición fue explícita en su llamado a no votar, tendrá mejores argumentos para respaldar su victoria, no el triunfo ficticio de AMLO.

Por último, hay un ejercicio pedagógico de por medio. El electorado mexicano lleva escasos 24 años votando libremente. Es poco, y lo aprendido también lo es. Hay figuras difíciles de explicar: la abstención es una de ellas. Yo no estaré a favor de la abstención el año entrante, en la revocación del mandato. Pero varios dirigentes de partidos opositores sí lo están, aunque no lo comprendan o reconozcan conscientemente. Hay que educar al electorado, y llamar vigorosamente a no votar el domingo es una manera de hacerlo.