Qué malos tiempos para ser militar en México. Nuestros soldados y marinos llevan años desempeñando un papel que no les corresponde: policías. Me ha tocado verlos por todos lados de la República, cuidando barrios, patrullando calles, parando automóviles en retenes. En una ciudad del norte vi a unos marinos controlar el tránsito vehicular.

De manera informal he platicado con algunos de ellos. En general, no les gusta lo que están haciendo. Un soldado me dijo que él se metió en la milicia para aprender todo lo posible sobre armas de fuego, no para andar persiguiendo rateros. Un marino, de alto rango, estuvo varios minutos insistiéndome que ellos son leales a la patria y, en este sentido, obedecen las instrucciones de su comandante supremo. Si el Presidente lo ordenaba, seguirían en las calles, lejos del mar, haciéndola de policías. Luego, con nostalgia, me contó cómo extrañaba ser marino. Viajar en barco, manejar los instrumentos de navegación, dominar los caprichos del mar.

En este espacio he dicho muchas veces, y reitero, que la culpa de que los militares estén en las calles realizando labores policiacas no es ni del Ejército ni de la Armada Marina. La culpa la han tenido los gobiernos civiles que, incapaces de crear eficaces instituciones de policías, han echado mano de las Fuerzas Armadas para que éstos saquen las castañas del fuego. Después de muchos años de hacer, una y otra vez, lo mismo, hemos aprendido que esto no va a resolver el problema de la inseguridad. Es una falsa salida. La maldita violencia continuará mientras no construyamos mejores policías, fiscales, jueces y cárceles. Pero, como esto toma mucho tiempo y el problema apremia, los gobiernos en turno, incluyendo el de López Obrador, recurren al expediente fácil de responsabilizar a las Fuerzas Armadas.

Las están desgastando con un gran riesgo. Ayer circularon videos de una patrulla del Ejército interceptada por pobladores en Michoacán. Claramente les dieron instrucciones a los soldados de no utilizar sus armas de fuego. La turba, enojada porque el Ejército les habían retenido unas armas a unos jóvenes de su comunidad, va encajonando a los soldados, despojándolos de sus armas y equipos de comunicación, hasta dejarlos sentados, postrados, completamente derrotados. Ya sometidos, el jefe de la turba habla por el teléfono con el oficial superior de la patrulla al cual le exige, con un vocabulario soez, que devuelvan las armas incautadas.

Los rostros de los soldados lo dicen todo. Unos están muertos de miedo. A otros se les nota la rabia de no poder hacer nada. Todos están avergonzadísimos por la indigna derrota. Supongo que ninguno de ellos se metió en la milicia para enfrentarse a una situación así.

Qué bueno que los soldados no dispararon porque eso, hoy, sería un gran escándalo. Estaríamos hablando de muertos civiles en una violación flagrante a los derechos humanos por parte del Ejército. Pero lo otro también es una locura. No es que hayan mandado a los soldados a la guerra sin fusil. Los mandaron para que una multitud les quitara el fusil. Nos encontramos, pues, frente a una situación de dos escenarios malos: una matazón de civiles por parte de militares o un indecoroso desarme de militares por parte de civiles de dudosa procedencia (muy probablemente vinculados con criminales organizados).

¿Quién, en sus cinco sentidos, quiere ser soldado o marino en estas condiciones? En lugar de que los militares porten su uniforme castrense con orgullo, las autoridades civiles los tienen de policías en labores francamente deplorables para su honra personal.

Michoacán vuelve a convertirse en el epicentro de la violencia entre grupos del crimen organizado. Ejércitos de sicarios, transportados en vehículos perfectamente identificados con las siglas “CJNG” (del Cártel Jalisco Nueva Generación), se pasean, ufanos, disparando a policías locales y mandando la señal de que van por el control territorial. Mientras tanto, los soldados son despojados de sus armas por población que seguramente tiene vínculos con alguno de los grupos delincuenciales. Eso ocurre hoy en Michoacán, 13 años después de que el presidente Calderón le declarara la guerra al crimen organizado y se llevara a cabo el primer operativo castrense precisamente en ese estado. ¿Hasta cuándo los civiles seguirán utilizando a las Fuerzas Armadas para labores policiacas? ¿Hasta cuándo los soldados y los marinos lo soportarán?

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