Existía la posibilidad —o quizás sólo un deseo piadoso— de que, en el encuentro entre Andres Manuel López Obrador y Joe Biden, el segundo ya no se haría de la vista gorda ante sus múltiples diferendos con el primero. No parece haber sido el caso, a juzgar por las versiones de prensa difundidas en las horas posteriores a la cumbre de los líderes de México, Estados Unidos y Canadá en Washington. A menos de que en la reunión privada entre el mexicano y el estadunidense en la oficina oval haya sucedido algo, todo parece indicar que Biden sigue empeñado en no tocar a López Obrador ni con el pétalo de una rosa, siempre y cuando AMLO siga haciendo el trabajo sucio de Estados Unidos en materia migratoria.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Esta es una buena noticia para López Obrador y una mala noticia para México. Pero no todo es negro para quienes discrepamos del rumbo por el que AMLO lleva al país y pensamos que los factores externos son decisivos para impedir el derrumbe. El margen de maniobra de Biden se ha estrechado de manera significativa, tanto a su izquierda como a su derecha. El presidente estadunidense logró seguir haciendo caso omiso de todos los reclamos, exigencias, sugerencias y  peticiones que recibió en los días previos a la reunión en torno al curso de López Obrador, pero “apenitas”. Conviene aquilatar el cambio.

En materia de inversiones, estado de derecho y energía, la carta del gobernador Greg Abbott de Texas —así como aquellas del senador John N. Kennedy de Luisiana, de varias asociaciones empresariales norteamericanas y de otros congresistas de la cámara baja— muestra que las presiones sobre Biden crecen día a día. No se trata solo de la reforma eléctrica —aparentemente enterrada— sino también de la ocupación militar de la terminal de gasolinas en Tuxpan propiedad de un enorme fondo de inversiones estadunidense y del litigio de Tales en el yacimiento Zama del Golfo, así como de cuestiones de propiedad intelectual, agricultura (en particular temas relacionados con semillas genéticamente modificadas) y la explosión de muertes por sobredosis de fentanilo procedente de México.

En materia de derechos humanos y trato a migrantes, a la carta que el senador Bob Menéndez y la congresista Verónica Escobar enviaron en septiembre sobre el programa Remain in Mexico (Quédate en México) y las protestas contra la aplicación del Título 42 de la ley de salud pública para deportar a extranjeros indocumentados sin darles audiencia, se sumó ahora una carta demoledora del Director Ejecutivo de Human Rights Watch, Kenneth Roth, sobre el maltrato mexicano a los migrantes y sobre las política anti-ambientalistas de López Obrador. Por otro lado, los senadores Marco Rubio y Ted Cruz  y la congresista Maria Elvira Salazar —los tres cubano-americanos— le pidieron a Biden que compartiera con López Obrador su preocupación por el apoyo mexicano a las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

No sabemos si en privado Biden abordó cualquiera de estos temas. Lo más probable es que no. Pero sí sabemos que su margen de maniobra con AMLO se está estrechando, porque las presiones de sus bases o de sus adversarios van creciendo. Falta mucho para que Biden cambie de parecer y ponga en práctica una política frente a México parecida a la que ha adoptado ante China: negociar todo lo que se pueda por las buenas, pero no callar las divergencias, trátese de democracia, de derechos humanos, de propiedad intelectual, de prácticas comerciales injustas o de Taiwan.

Es una carrera contra el tiempo que Biden piensa ganar, apostando a que los flujos migratorios amainen pronto, a que México siga cumpliendo sus instrucciones y a que la opinión pública norteamericana olvide las escenas fronterizas de los últimos meses. Mientras tanto, sin embargo, sigue creciendo el flujo de mexicanos, sigue deteriorándose la economía mexicana, siguen los ataques a la democracia mexicana y sigue inexistente el estado de derecho en México. Una apuesta arriesgada, la de Biden.