La Secretaría de Hacienda presentó ayer el presupuesto para 2022 junto con el ya clásico documento “Criterios de Política Económica”. Descansa en una serie de datos o premisas que muchos analistas consideraron de entrada como optimistas o francamente ilusos. No es la primera vez que sucede eso en México.

Ilustración: Víctor Solís

Hacienda prevé un crecimiento de 4.1 % el año entrante; una inflación de 3.4 %; una tasa de interés de 5 %; un precio del petróleo de 55 dólares el barril, y una producción promedio de 1.9 millones de barriles diarios. Salvo el precio del petróleo, todas las estimaciones parecen irreales. Ningúna correduría, banco u organismo internacional ha vaticinado un crecimiento de esa magnitud para 2022; si las tasas de interés siguen subiendo de aquí a diciembre, cuando López Obrador controlará ya una mayoría en la Junta de Gobierno, tendrían que bajar durante el siguiente año para llegar a ese 5 %. En cuanto a la inflación, sigue cercana al 6 % anual ahora, y no se prevén muchas razones para que sea menor. Por último, la plataforma de producción petrolera parece también excesiva: seguimos produciendo alrededor de 1.5 millones de barriles diarios.

En diciembre de 1994, el entonces secretario de Hacienda presentó este mismo documento ante la Cámara de Diputados, días después de la toma de posesión de Ernesto Zedillo como presidente de la República. El documento descansaba en tres cifras. Se preveía un crecimiento de 4 % para el año 1995; un déficit de cuenta corriente también de 4 %, y una inflación de 4 %. Los analistas de las agencias calificadoras, así como la prensa internacional y los bancos, rápidamente se dieron cuenta que las cifras eran incompatibles entre sí, además de ser exageradas. Si la economía crecía 4 % habría un déficit en cuenta corriente mayor, y  un déficit fiscal mayor. El documento y las estimaciones generaron un ambiente de gran desconfianza en los mercados.

No fueron estas estimaciones las que llevaron a la debacle del llamado “error de diciembre”; tampoco fue necesariamente la política económica de 1994, es decir, los errores de enero a noviembre que llevaron a esa catástrofe. Fueron varios factores que incidieron, entre otros, la no devaluación controlada del peso, el 20 de noviembre de 1994, la no designación de Pedro Aspe para seguir en Hacienda por lo menos durante un año; la reticencia del nuevo secretario de Hacienda de entrar en contacto con los bancos en Nueva York, habiendo sido él el negociador del TLC en Washington, sin los contactos en Wall Street con los que contaba su predecesor.

Pero las estimaciones sí contribuyeron al nerviosismo de los mercados. No eran verosímiles. Al comprobarse esta ligereza u optimismo excesivo por parte del nuevo gobierno, rápidamente empezó la especulación sobre qué sucedería y también desde luego la especulación cambiaria. No es lo mismo ahora, ya que la estabilidad de las finanzas públicas se ha mantenido a lo largo del último par de años, y la falta de crecimiento de la economía en 2019, 2020 y 2021, en el promedio de los tres años, hace que no haya razones de mayor preocupación.

Pero de todas maneras, estas cifras pueden generar el mismo tipo de nerviosismo que las de 1994, aunque en efecto en un contexto diferente. La diferencia es evidente: el gobierno de López Obrador ha decidido que el crecimiento de la economía no es una prioridad. La estabilidad del tipo de cambio y del déficit fiscal sí lo es. Así todo se puede, en principio. Salvo mejorar el empleo y el ingreso de los mexicanos.