Ayer, mientras desayunaba tranquilamente leyendo el periódico, llegó mi hijo a anunciarme que, según el gobierno, yo era miembro de un grupo político denominado Bloque Opositor Amplio (BOA). Me reí porque pensé que era una broma. Luego me enseñó el video del vocero presidencial, Jesús Ramírez, en la conferencia matutina leyendo un documento titulado Rescatemos a México, donde, efectivamente, se mencionaba mi nombre como uno de los “promotores y actores” del BOA.

Primero que nada, quiero dejar en claro, como lo tuiteé enseguida, que no sé si exista el BOA, pero, definitivamente, yo no soy uno de sus miembros.

Segundo, es una vergüenza que nuestro jefe de Estado reconozca que no sabe quién es el autor de dicho documento y quién se lo envió a Palacio Nacional. “Seguramente, un simpatizante que debe de estar hasta trabajando con ellos”, afirmó el Presidente.

Le preguntaron si esto era un complot a lo cual respondió: “No, es que ya ahora las cosas se saben antes de que sucedan”. O sea, la máxima autoridad del país es como un chamán que adivina el futuro creyéndole a un reporte que alguien depositó en su buzón. Como le suena verosímil, pues venga, vamos a pregonarlo a los cuatro vientos. ¿Y si es apócrifo? ¿Y si no existe el tal BOA? ¿Y si salió de la imaginación de una oficina gubernamental? ¿Puede acusar un jefe de Estado con papelitos que le envían? ¿No sería mejor revelar con pruebas?

Pues no. ¿Por qué?

Muy sencillo: porque el genio comunicativo es un experto en levantar cortinas de humos. Distractores para no hablar de los temas que son los importantes para el país: el cada vez más evidente mal manejo de la epidemia del covid-19 y la enorme crisis económica que ya dejó más de 12 millones de mexicanos desempleados.

Añádase los actos vandálicos que, con toda impunidad, ocurren a diario en la Ciudad de México y, desde luego, la incapacidad de este gobierno de resolver la terrible violencia. Hombre, hasta la noticia de que el Tren Maya no será eléctrico, sino que utilizará anacrónicas locomotoras de diésel (vamos de gane de que no sean de carbón).

No, mejor hablar de complots. Es la marca de la casa.

López Obrador es un político muy predecible. Cuando le va mal y se siente debilitado, tiende a radicalizarse e inventar grandes conspiraciones apuntando el dedo hacia otro lado y no hacia él para explicar sus errores. Lo vimos en los videoescándalos de 2004 y en sus derrotas electorales de 2006 y 2012. La culpa siempre la tiene alguien más: conjurados que quieren afectarlo.

Bueno, pues ahora, al parecer, se siente débil y vulnerable frente a las elecciones de 2021 y, de nuevo, está inventando enemigos que están complotando en su contra.

Por cierto, nada tendría de malo que se unieran fuerzas políticas y sociales para ganarle a Morena las elecciones de 2021 y la revocación del mandato en 2022.

De eso se trata la democracia: de formar alianzas para conquistar el poder en las urnas. Si uno lee el famoso reporte de marras, presenta la estrategia del supuesto BOA para enfrentar a Morena y sus partidos satélites con tácticas como candidaturas en común y mensajes para culpar a López Obrador y la 4T del desempleo y la inseguridad. Es lo mismo que hizo López Obrador en 2018 para ganar esa elección. Se alió con grupos y partidos y culpó al gobierno de Peña por el mediocre crecimiento económico y la inseguridad rampante. ¿Por qué se vale para ellos y no para sus opositores?

Todos los que aparecen como supuestos miembros del BOA cuentan con el derecho constitucional a unirse y oponerse al gobierno. Faltaba más.

Salvo dos que están mencionados en el documento: “grupo de consejeros INE y magistrados TEPJF”. Estamos hablando de los árbitros electorales. ¿Por qué los habrán incluido?

Lanzo una hipótesis. Que este documento en realidad lo elaboró alguien del gobierno para comenzar a polarizar la elección de 2021, tal y como pretende el Presidente. Incluyeron al Instituto Nacional Electoral y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación por si, efectivamente, les va mal en los comicios. De esta forma, podrán argumentar que los árbitros formaban parte del complot y, por tanto, las elecciones siempre fueron fraudulentas.

Otra vez: nada nuevo en el guion de López Obrador. Nunca, en su historia, ha aceptado una derrota electoral. Si le va mal en 2021, con toda seguridad desconocerá los resultados. Alegará que le hicieron trampa. De nuevo demostraría que es un mal perdedor. Y mandaría un mensaje muy ominoso: que su movimiento no está dispuesto a perder el poder por la vía electoral, la única legítima en una democracia liberal.

 

                Twitter: @leozuckermann