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Como prometimos la semana pasada, a continuación presentamos la segunda parte de este breve artículo sobre la vida de Arthur Conan Doyle, en el que nos quedamos a la mitad de sus aportes literarios.
El tercer mérito de Conan Doyle es el que destacó la Real Sociedad de Química de Inglaterra en su homenaje: la aplicación de la ciencia y de su método a la criminalística. En los métodos de Holmes, el uso de la ciencia teórica —formulación de hipótesis— y empírica —muestras de sangre, huellas— está al mismo nivel que el empleo de técnicas teatrales —disfraces, actuaciones— para obtener información de sus antagonistas.

El cuarto mérito es la habilidad de Conan Doyle para la construcción de tramas haciendo gala de las mejores técnicas tradicionales de narración con un lenguaje directo y preciso, sin florituras. Esto ha hecho que obras como La Isla del Tesoro, de Stevenson, o Moby Dick de Melville, pertenezcan a la literatura juvenil, cuando lo único que estas obras y sus autores tienen en común es el uso de técnicas narrativas tradicionales en temas que no lo son: sea el policiaco, la fantasía o la ciencia ficción.

Conan, ¿el bárbaro?

En 1893, Conan Doyle decidió dar fin a su personaje para dedicarse a proyectos literarios «más serios», aun a costa de su alta rentabilidad. La muerte de Sherlock Holmes a manos de su archienemigo, el brillante profesor Moriarty, mereció titulares en los periódicos, como si se tratara de la muerte de un estadista. Moños negros aparecieron en las calles londinenses y cartas de lectores indignados inundaron la redacción de The Strand, revista que perdió de golpe 20 mil suscriptores.

Holmes es un personaje complejo y polifacético en más de un sentido, pero su autor no se quedó atrás. Hijo de un padre alcohólico, profesionalmente mediocre, y sobrino de tíos eminentes, Conan Doyle estudió en internados jesuitas de Gran Bretaña y Suiza. Gustaba de las aventuras y, durante su época universitaria, en Edimburgo, se embarcó en un ballenero inglés. Más tarde se desempeñó como médico de un barco mercante que recorría la costa occidental de África. También ejerció como médico voluntario en la guerra de los Boers, en Sudáfrica, y como corresponsal de guerra en Sudán. Alertó sobre el peligro de un arma como el submarino y propuso la invención de los chalecos salvavidas.

Conan, el crédulo

Es muy probable que el descrédito y la indiferencia de la crítica literaria sobre Conan Doyle se deban a su activismo en favor del espiritismo, labor que consumió la segunda mitad de su vida. Escribió libros y panfletos y pronunció conferencias por todo Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña.
El autor de un personaje arquetipo de la racionalidad abandonó todo escepticismo al grado de morder el anzuelo de más de un charlatán. Tomó por buenas fotografías trucadas que retrataban supuestas hadas, aseguraba poder comunicarse con familiares muertos, como Louisa, su primera esposa, y jamás creyó que Houdini, a quien acompañó de gira, utilizara un método distinto al de la teletransportación para escapar de sus mortales trampas.
Pero el mayor atributo de Conan Doyle no fue realmente el raciocinio de Holmes, sino su prodigiosa imaginación de escritor. Su compleja obra y su vida, a pesar del encanto inevitable de su personaje más logrado, necesitan una relectura. Arthur Conan Doyle merece tanto o más crédito en la memoria literaria que su detective.

(Algarabía 30, Literatura)

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