Con el fin de escribir este artículo fui en búsqueda de mi fuente de inspiración: un caleidoscopio. Los recuerdos de infancia me llevaron al mercado más cercano, justo a esas estrafalarias tiendas en las que, increíblemente, uno encuentra de todo: juguetes, ropa, «topers», artículos de hojalata y demás curiosidades. Con desilusión descubrí muy pronto que a mi alrededor no estaban esos enigmáticos tubitos de cartón recubiertos con un papel de llamativos colores metálicos, guardianes de la magia de la simetría. La señora que atendía el puesto me contó que su demanda era tan baja, que dejaron de ponerlos a la venta. «se me quedaban todos», dijo, pero entusiasmada prometió conseguirme uno —y otro para ella, reconoció.

Además de imagen bella y conjunto diverso y cambiante, como caleidoscopio designamos a ese sencillo tubito en cuyo interior se produce una serie de imágenes cautivadoras para quien se asome por la mirilla ubicada en uno de sus extremos. Tuvo su origen en los laboratorios de investigación científica, no entre los magos y actos de divertimento, como podría pensar, querido lector. Derivó, particularmente, de estudios aplicados a la óptica que practicó el científico escocés de la Universidad de Edimburgo David Brewster (1781-1868), especialista en los fenómenos de la luz[1] y continuador de los estudios de Charles Wheatstone (1802-1875) sobre la visión binocular, las ilusiones ópticas y la forma de percibir las imágenes.

En una de sus investigaciones se le ocurrió colocar dentro de un cilindro dos espejos inclinados en cierto ángulo, junto con unos cristales de colores sueltos entre ambos espejos, de forma que, al girar el cilindro, vio que el reflejo de los cristales en los espejos generaba imágenes espectaculares que se renovaban una y otra vez. Como los espejos colocados dentro del cilindro se abrían y cerraban con bisagras, lograba formas simétricas en su interior, siempre cambiantes en tamaño y color.

La fascinación que este efecto le provocó hizo que solicitara una patente para su invento en 1817. La euforia entre la población de Londres y París no se hizo esperar, y se desató una verdadera fiebre por estos caleidoscopios o pequeñas fábricas portátiles de imágenes cautivadoras. Las copias, desde luego, surgieron como hongos, ante lo cual Brewster, sin resignación, se quejó amargamente de no haber obtenido las ganancias que él consideraba justas.

Ello tal vez lo motivó a crear una versión de su propio aparato, que seguía funcionando con el mismo principio, aunque ahora el usuario podía ajustar el ángulo de los espejos. Desde entonces se han añadido algunas variantes más a los caleidoscopios, sin modificar con ellas su mecanismo original y, por lo tanto, su encanto, sino sólo sofisticándolo.

A pesar de los años que han pasado desde su invención, los caleidoscopios siguen siendo bienes de entretenimiento disponibles en el mercado —aunque ya no sea tan fácil como antes encontrarlos—, lo que confirma la pervivencia de su extraño, aunque no efímero, encanto.

Isabela Salomón es diseñadora industrial egresada de la Máxima Casa de Estudios y, como tal, asegura que el caleidoscopio es más un descubrimiento que un invento, pues lo más bello de este planeta se encuentra ya en él, tan sólo en espera de ser contactado por el ojo humano.

 

[1] «insertar nota al pie» 1 v. Algarabía 30, especial de invierno, diciembre 2006-enero 2007, ¡EUREKA!: «Algunas cuestiones sobre la luz»; pp. 15-18.

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