La embarcación Uribe 121 perteneció a la primera generación mexicana de patrullas de vigilancia oceánica. Tenía helipuerto, capacidad para una tripulación de 54 personas y estaba armada con un brillante cañón automático Breda Bofors de 40 mm, especial para defensa aérea de corto alcance. Su labor vigilando aguas nacionales terminó el 11 de noviembre del 2011, cuando las llamas de un incendio llegaron hasta su puente de mando, dañando los cuartos del aire acondicionado y los camarotes. Sin embargo, ese no fue el final de su historia.

Hace tres años, después de la donación por parte de la Secretaría de Marina y de realizar la limpieza de sus materiales contaminantes, fue hundido en la bahía El Descanso, cerca de Rosarito, Baja California, para formar un arrecife artificial.

Esta es la primera pieza de lo que se planea se convierta en el Parque Submarino Rosarito, un ambicioso proyecto de cincuenta hectáreas que contempla un cementerio de barcos, la recreación de una ciudad prehispánica en el fondo marino y un jardín escultórico, entre otros sitios.

En este proyecto desarrollado por la Asociación de Buzos de Baja California, colaboran instituciones educativas y organismos empresariales como el Consejo Consultivo de Desarrollo Económico de Playas de Rosarito (CCDER), el Consejo Económico de Tijuana (CDT), el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y el gobierno de Baja California. Por parte del CICESE participaron los doctores Victoria Díaz Castañeda, investigadora del Departamento de Ecología Marina y Luis Gustavo Álvarez, del Departamento de Oceanografía Física.

OBJETIVOS Y ESTUDIOSLa doctora Díaz Castañeda define a los arrecifes artificiales como estructuras de diferentes materiales sumergidas en un ambiente acuático con la finalidad de enriquecer poblaciones, particularmente de peces y otras especies de vertebrados e invertebrados marinos.

«Lo primero que sucede con un arrecife tras su inmersión es que sobre su superficie se forma una especie de película protectora hecha de un consorcio microbiano, como diatomeas, microalgas y bacterias», señala.

Esto permite que las larvas que están desplazándose en la masa de agua oceánica encuentren un sustrato, un lugar para adherirse, y colonizar. La especialista apunta que con el alimento presente, se empieza a formar toda una estructura vital, una serie de nichos que los protege de la depredación y en donde se van constituyendo comunidades.

Díaz asegura que en el caso del Uribe 121 se ha estudiado paulatinamente el proceso de población de especies desde que se sumergió hasta el día de hoy, por lo que además de incentivar el buceo y concientizar sobre la importancia de la biodiversidad marina, este proyecto funciona como un laboratorio in situ para el estudio de la ecología de las poblaciones.

«El objetivo del estudio de este barco ha sido atestiguar el proceso de colonización de la fauna y flora marina. Primero se forma un film bacterio-algal que es importante porque permitió la llegada de diversas especies. El grupo de los crustáceos (Amphipoda) fue de los primeros en colonizar, después llegaron los moluscos, y posteriormente los anélidos poliquetos. Estos animales sirven de alimento a diversos peces. También se han encontrado equinodermos (erizos, ofiúridos), esponjas, anémonas y ascidias, entre otros». Díaz comenta que para el éxito de este tipo de proyectos es muy importante librar de contaminantes al objeto que se introduce al fondo del mar. En el proyecto impulsado por el arquitecto Francisco Usser, director de la Asociación de buzos en Baja California, fue necesario retirar pintura, diesel y residuos de aceite.

Después se eligió un sitio que tuviese una profundidad y orientación adecuada. El barco de alrededor de 70 metros de largo finalmente quedo a una profundidad de entre 27 y 30 metros, pero su parte más alta, el helipuerto, es más accesible para buzos menos experimentados. Cabe señalar que en el proceso también se introdujeron placas del mismo material del barco (los sobrantes de la apertura de espacios para la circulación de buzos) para que se hicieran pruebas del proceso de colonización de la llamada «sucesión ecológica», en donde unas especies llegan y se retiran para abrir paso a otras. En los últimos registros de los buzos se han visto especies de peces como el garibaldi (Hypsypops rubicundus), una especie de pez tropical perteneciente a la familia de los Pomacéntridos, así como la llamada «vieja», un género de peces de agua dulce de la familia Cichlidae. Este antiguo barco hoy alberga a más de 70 especies marinas.

Además de viejas embarcaciones, Díaz señala que entre los materiales que actualmente se utilizan en todo el mundo para generar arrecifes submarinos, es un tipo especial de cemento, pero en un inicio se lanzaban al fondo del mar todo tipo de cosas, incluso llantas de autos. Poco a poco se tomó conciencia de que no eran materiales adecuados y muchos de ellos desprendían contaminantes. «Lo más importante es que no deterioren el medio marino. A largo plazo se forma una estructura natural y aunque el material original se vaya desbaratando, permanece la arquitectura hecha por los animales».

Dependiendo del financiamiento que se encuentre para el proyecto se continuará avanzando en él, pero se espera que el parque submarino pudiera quedar concluido en un par de años. «Hay una fundación que nos puede donar arrecifes pequeños que sería idónea para sembrar Macrocystis pilifera, que son macroalgas que forman bosques submarinos principalmente en la parte norte de Baja California. De hecho, este tipo de ecosistemas se reconocen como los más productivos y dinámicos en la Tierra.