¿Estás o te sientes solo? Esa parece ser la interrogante universal, después del confinamiento a que ha obligado la pandemia del Covid-19. Aun cuando desde mediados del siglo XX, la meta social pareciera ser la soledad -sobre todo cuando por necesidades de un mundo comercial e industrial, era pertinente dejar de arar los campos y vivir en familia, para poner en primer lugar la productividad y el trabajo arduo- y cuando el “quédate en casa” se generaliza, el estar solo nos empieza a sonar como amenaza. En países industrializados, el vivir aislado, lejos de la familia, sin ataduras tempranas, fue un modelo reforzado hasta por los grandes productores mediáticos, con personajes como el pato Donald –y todos sus semejantes: Daisy, los sobrinos, el tío rico Mac pato- y se reforzaba este concepto, con temas como el divorcio igual a libertad, el dinero y la fama tan satisfactorios como un orgasmo.

Ni siquiera como referente académico se ha dado lugar a la confianza que los antepasados prehistóricos daban al hecho de mantenerse en una tribu, no sólo como acceso a la comida y la protección, sino básicamente porque estar lejos del grupo implicaba peligro, riesgo de perderse, sufrir un accidente, ser atacado por algún animal o por el miembro de otro clan. La soledad entonces era casi sinónimo de muerte a grado tal que los ancianos, que sentían el final de sus vidas, simplemente se separaban y se perdían solos ¿Será el anhelo de no estar aislado lo que favorece las marchas y manifestaciones?

Independientemente del sospechosísmo, de si lo que estamos pasando –el encierro, el trabajo y la escuela en casa, las advertencias para no llegar los hospitales- responde a un plan perverso para disminuir la población; lo cierto es que la soledad puede provocarnos una respuesta negativa del sistema endócrino, motivo por el cual aumenta el riego de sufrir enfermedades cardíacas, cáncer y un sinnúmero de síntomas que incluso pueden llevar a una muerte prematura. De la misma manera que un ser humano aislado tiende a sentir dolores físicos diversos, también el cerebro y todo el sistema neurovegetativo se afecta a grado tal, que sobreviene el insomnio, el riego inminente de demencia aun cuando no se esté en etapa senil, la depresión, la ira incontrolable y hasta el suicidio. Regresar a la casa paterna después de una ruptura marital, verse obligado a vender su propiedad y constreñirse a un espacio más pequeño derivado de dificultades financieras, enfrentar el duelo por la pérdida de una persona cercana, son algunos de los preámbulos de soledad que nos afectan y que difícilmente se pueden afrontar sin un grupo cercano –como la familia- que nos arrope.

Con todo y lo que se pueda criticar al mexicano, el ¡viva México! inmerso en una masa informe, es quizá la mejor catarsis que a lo largo de la historia realizamos lo mismo en las alcaldías, las cabezas de estado, las embajadas de otros países y sobre todo el zócalo. Esta vez “será virtual”, con una historia que privilegia al estado donde se desarrolló la relatora de moda, sus particulares puntos de vista y nada que aminore hechos que se tenía la esperanza de resolver con este “cambio” el cual a final del día parece no ir a ninguna parte. Ahí siguen los desaparecidos, las madres que no han podido procesar sus duelos, las gargantas secas; pero no de virus sino de gritos que nadie escucha, las decisiones torpes, los abusos y la represión. Lejos del zócalo y las plazas cívicas, se debatirán loe empresarios –medianos y chicos- que no saben cómo saldrán de sus problemas, que han vivido con la culpa del despido de centenas de trabajadores, cuyas familias, lejos de agradecerles, empiezan a odiarles, y sobre todo que a su falta de liquidez deben agregarle un sentimiento de impotencia por ser calificados de “conservadores, fifís, abusivos y enemigos de México” ¿Mejorará el ánimo del pueblo –sabio o zafio- al observar digitalmente a las antorchas de la esperanza que se prenderán, en derredor del lábaro patrio? ¿Guardaremos otro minuto de silencio para acompañar el duelo de más de 70 mil familias, que no pudieron ser atendidas por un sistema de salud, que no es lo que era ni lo que pretendía ser?

Siendo la soledad un fenómeno complejo difícil de analizar y manejar, con bordes sociales y definitivamente de salud pública de primera magnitud, además de afectar el bienestar psicológico de las personas, se complica cuando se le agrega la percepción de soledad[1] –sentirse solo, como ocurre con la mayoría de las personas de la tercera edad que por la falta objetiva de contactos –no visites a los abuelos te dicen- te ponen en el riesgo de ser despojado por vivales como la famosa mata-viejitas, o una abuela del 2020 cuya asistente doméstica oriunda de Perú, terminó quedándose con su propiedad y sus bienes luego de incinerarla supuestamente por haber muerto de coronavirus.

A no ser que sea Usted alguien que fantasee con convertirse en un Robinson Crusoe[2], que al final de día puede pasarla en compañía de su asistente «viernes o su amigo Wilson» –según la película “náufrago” protagoniza por Tom Hank  o algún ex millonario y moderno habitante de una isla desierta –de Italia, donde lleva 20 años solo con su perro -luego de haber perdido su fortuna- lo cierto es que la soledad o la percepción de esta, le puede ir afectando si acaso no es capaz de hacer algo creativo que sin llevarle al plano de la imprudencia le permita seguir manejándose como un ser diseñado desde sus más lejanos orígenes para vivir en comunidad con sus semejantes. Y, así las cosas, sin quitarse el cubre bocas y tal vez en el ámbito más cercano de su familia o sus vecinos, dese el lujo de Gritar ¡Viva México!


[1] Según encuestas –sobre todo españolas- uno de cada cuatro adultos -sobre todo varones- siente que ni siquiera cuenta con amigos, otro 25% se ha quedado en asilos –básicamente mujeres- y en otros aspectos es considerable el número de personas que asumen que no tienen o no pueden hablar con alguien.
[2] Obra del escritor inglés Daniel Defoe, publicada en 1719. Quizá inspirada en hechos reales como los ocurridos a Pedro Serrano y Alexander Selkisrk

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