Difícil, en la coyuntura nacional actual, hablar de lo que está pasando allá afuera, en el resto del mundo. Pero, cuando los tambores de guerra comienzan a tocar, es necesario fijar nuestra mirada en aquellas latitudes. Me refiero a lo que está sucediendo en Ucrania.

Vamos a resumirlo parafraseando a Porfirio Díaz: pobre Ucrania, tan lejos de Dios y tan cerca de Rusia.

Este país de Europa Oriental —un poco más chico que el estado de Texas en Estados Unidos, con una población de más de 41 millones de personas y un PIB per cápita similar al de México— ha pertenecido al Imperio Ruso en el siglo XIX y a la Unión Soviética en el XX. En 1991, cuando la URSS se desintegró, Ucrania se independizó.

No obstante, en su territorio había mucha población rusa y, además, a Moscú nunca le cayó bien la independencia ucraniana. Los rusos siempre la han considerado como un buffer para defenderse de las invasiones de occidente. Por las planicies ucranianas entraron, sin ningún problema a invadir Rusia, Napoleón en el siglo XIX y Hitler en el XX.

Con la desintegración de la URSS, Ucrania se acercó a sus vecinos del oeste dejando a un lado sus lazos históricos con los rusos. En lo económico, hubo coqueteos para integrarse a la Unión Europea y, en lo militar, a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esta alianza se estableció en 1949, después de la Segunda Guerra Mundial, para proteger a los países occidentales de Europa de una posible invasión soviética ya en el inicio de la Guerra Fría. Una vez colapsada la URSS, a la OTAN se unieron las repúblicas exsoviéticas de Lituania, Estonia y Letonia.

Los rusos vieron cómo en pocos años se hizo pedazos su otrora poder e influencia. La OTAN, con el liderazgo de Estados Unidos, iba, en cambio, en ascenso. Siempre será difícil para una expotencia militar admitir su decadencia. Los rusos pusieron su línea roja de tolerancia en Ucrania. Ya con Putin en el Kremlin, mandaron el mensaje que no dejarían que este país pasará a la influencia de la OTAN, es decir, de Estados Unidos.

En 2014, el Ejército ruso invadió la península de Crimea perteneciente a Ucrania. Moscú se la anexó por su gran valor estratégico. Además, apoyó a fuerzas separatistas en las regiones industriales de Donetsk y Luhansk en la frontera con Rusia. Estas acciones le generaron una gran popularidad al presidente Putin, quien llegó a tener hasta más de 90% de aprobación en las encuestas. La percepción era que “los rusos están de regreso” como una súper potencia que Occidente debía de respetar.

La realidad es que Rusia es un país emergente en lo económico, muy lejos de la prosperidad de Estados Unidos o la Unión Europea, pero con un Ejército poderoso que cuenta con armas nucleares. Rusia, además, es el principal proveedor de gas a Europa y, si les cierra la llave, los europeos podrían tener severos problemas económicos. En este sentido, es una nación que puede poner en duros problemas a sus vecinos y adversarios históricos.

Putin es un político muy vivo. Su popularidad ha descendido con la crisis de la pandemia del covid-19. La economía no va bien desde hace muchos años. En este contexto, revivió el tema ucraniano. Ha enviado más de cien mil tropas a la frontera con Ucrania en un claro mensaje que podría invadir ese país en cualquier momento. Esto no le ha gustado nada a la OTAN, léase a Europa y Estados Unidos.

Las tensiones han escalado. Por un lado, los emisarios diplomáticos se sientan a negociar, por el otro, los movimientos militares se intensifican.

El presidente Biden de Estados Unidos, por su parte, está pasando por un momento muy complicado. Su popularidad va a la baja y la oposición republicana tiene una gran probabilidad de ganar las elecciones intermedias del Congreso este año. De acuerdo con las encuestas, no existe un gran apetito del público estadunidense para una confrontación militar con Rusia por el tema de Ucrania.

¿Invadirá Putin a Ucrania?

Los expertos lo dudan. Aunque los rusos podrían invadir relativamente fácil a ese país, las posibles sanciones económicas de las naciones de la OTAN tendrían efectos devastadores para la endeble economía rusa. Todo indica que, entonces, el conflicto seguirá con una Rusia llevando a cabo acciones disruptivas en Ucrania (hackeos de sistemas fundamentales para la seguridad nacional, por ejemplo) con el fin de presionar a Occidente para que acepte que ese país puede ser independiente, pero es una zona de influencia de los rusos que no hay que tocar.

           Twitter:@leozuckermann