Soy nieto de inmigrantes. Una parte de mi familia llegó a México con el fin de salvar sus vidas. Otra, para “hacer la América”, es decir, buscar mejores oportunidades económicas en el nuevo continente. Por eso, siento mucha empatía con los migrantes que dejan sus lugares de origen presionados por la inseguridad o la desventura económica. Por eso, me da vergüenza que en mi país se vuelque un tráiler donde venían, hacinados, decenas de migrantes indocumentados de Centroamérica con un saldo de 55 muertos y 105 heridos.

Menciono esto porque siento que en México hay muy poca empatía con las historias de dolor de los migrantes indocumentados. No es un tema que mueva a la opinión pública. No sé a qué se deba este desinterés, sobre todo tomando en cuenta que hay millones de mexicanos viviendo en Estados Unidos que cotidianamente sufren la discriminación y las penurias por vivir indocumentados.

México es un país expulsor de personas que migran por inseguridad o en búsqueda de mejores oportunidades económicas. Todos los mexicanos tenemos, por lo menos, algún pariente que lo ha hecho. En este sentido, deberíamos ser mucho más empáticos con lo que está sucediendo en nuestro país con los indocumentados centroamericanos que cruzan el territorio nacional para llegar a Estados Unidos.

Imaginemos cómo nos sentiríamos si un tráiler en el vecino del norte, cargado de mexicanos amontonados, hubiera volcado dejando 55 connacionales muertos en el pavimento. La indignación que esto hubiera generado. Bueno, pues la misma indignación debemos tener por lo ocurrido la semana pasada en Chiapas.

O más porque quienes lo permitieron fueron las autoridades mexicanas. Aunque el general Luis Rodríguez Bucio, comandante de la Guardia Nacional, niegue que el tráiler haya pasado por varios retenes en la entidad sin que hayan inspeccionado el contenido de lo que iba adentro, medios y autoridades estatales han dado cuenta de que el camión sí transitó por un retén a la salida de Comitán y otros dos en Chiapa de Corzo, donde había personal de la Guardia Nacional y del Instituto Nacional de Migración. Además, el tráiler tuvo que librar una caseta de cobro, donde siempre hay autoridades federales.

En este sentido, se sospecha que lo dejaron pasar como parte de una red de corrupción que traslada a los migrantes del sur al norte del país. Estamos hablando de un negocio del crimen organizado que, según Tonatiuh Guillén, experto en migración, podría representar un ingreso de hasta cinco mil millones de dólares al año por el tráfico de indocumentados en México. Terrible que nuestras autoridades estén en contubernio con los criminales para mover a seres humanos como ganado, incluso peor.

Veo en internet los videos de los heridos que recuerdan los gritos de dolor y el llanto de la gente cuando volcó el tráiler por exceso de velocidad. Gente que se merece todo nuestro respeto por su voluntad de mejorar su vida. Es increíble lo que están dispuestos a soportar.

Desde luego, la solución estructural al problema es acabar con la violencia que existe en la región y la gran desigualdad económica entre Estados Unidos y sus vecinos del sur. Los europeos lo entendieron muy bien el siglo pasado. Para resolver la migración de los países mediterráneos (España, Portugal, Italia, Grecia) a los del norte, invirtieron grandes cantidades de capital con el fin de cerrar la brecha de ingreso entre unos y otros. Y, sí, resolvieron la migración de indocumentados. Eventualmente, incluso, hasta se integraron en lo que hoy es la Unión Europea.

Nosotros estamos a años luz de que eso ocurra. Por eso, requerimos soluciones de corto plazo. De acuerdo a Guillén, tenemos dos urgencias en este sentido. Primero, “modificar los procedimientos regionales sobre refugio, para iniciarlos desde Centroamérica o en el sur de México —mediante acuerdo internacional— y evitar así el viacrucis que imponemos a las personas que necesitan protección. La segunda es desarticular a las organizaciones traficantes de personas y a sus poderosas redes de complicidad, que parecieran rondar espacios inconcebibles”. Esto implica “un acuerdo regional, con capacidades efectivas, que involucre a los gobiernos desde Canadá hasta Centroamérica”.

No podemos ni debemos soslayar las penurias de los migrantes que cruzan por nuestro país. Pongámonos en sus zapatos. Seamos empáticos. Pensemos en nuestros paisanos en Estados Unidos y recordemos que muchos mexicanos tenemos antecesores familiares que algún día dejaron su país con el fin de salvar sus vidas o mejorar su condición económica.

 

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