El nuevo grupo gobernante, a diferencia de sus antecesores, cree en la capacidad del Estado para resolver muchos problemas sociales. Es parte de su ideología. Están, desde luego, en su derecho. Pero, para ser estatistas, destaca lo mal que están administrando al Estado. Doy tres ejemplos.

El primero tiene que ver con Pemex. La empresa propiedad del Estado es un desastre. Los lopezobradoristas piensan que esto se debe a que los gobiernos neoliberales hicieron todo lo posible para que fracasara y no quedara otra que privatizarla. Algo tienen de razón al decir que administraciones pasadas la ordeñaron tanto que la dejaron como una vaca demacrada. No creo que lo hayan hecho con el objetivo de quebrarla y luego transferirla al sector privado. Más bien la utilizaron con un fin político: extraer sus enormes utilidades para no tener que cobrarle más impuestos a la ciudadanía. En este sentido, hubo una administración más política que económica de la empresa.

Pero también es cierto que, como todo monopolio, Pemex estuvo pésimamente manejada. Como no tenía que competir, contrataba personal que no necesitaba, aceptaba generosas condiciones laborales para sus trabajadores, compraba a precios por arriba del mercado y toleraba múltiples actos de corrupción.

Resulta muy loable que el gobierno de López Obrador quiera revertir esta situación. El propio Presidente es un convencido de que puede rescatar a Pemex, aunque siga siendo un monopolio público. Los neoliberales, en cambio, pensamos que la empresa sólo podrá salir adelante cuando tenga que competir en serio con otras empresas. Pero eso es harina de otro costal. Lo importante es que un estatista como AMLO tiene que demostrar, desde el día uno, credibilidad de que efectivamente el Estado puede ser un buen administrador.

La semana pasada, fracasaron. No pasaron una de sus primeras pruebas. De pena ajena la presentación del director de finanzas de Pemex a los inversionistas en Nueva York. El problema no fue que Alberto Velázquez no hablara inglés o que sus láminas de Power Point tuvieran errores lingüísticos. El problema es que ni utilizó un traductor ni le solicitó a un editor profesional que corrigiera su presentación. Pero, según los presentes, lo peor fue el desconocimiento de este funcionario de las tripas financieras de la empresa. La realidad es que enviaron a un improvisado a convencer a los señores del dinero que tuvieran confianza en Pemex. Un ajolote frente a los tiburones de Wall Street. Las consecuencias no se hicieron esperar. La recomendación de los banqueros fue vender los bonos de Pemex con el inmediato incremento en el rendimiento que tendrá que pagar la empresa.

Segundo ejemplo. Durante toda la campaña, AMLO prometió bajar el IVA en la frontera. Desde hace mucho se sabía que vendría el cambio. A finales de diciembre, lo decretó el Presidente, sin embargo, “en lo que va del año, las agencias de autos no han vendido vehículos en esta zona porque la plataforma del Servicio de Administración Tributaria (SAT) no reconoce el cambio de la tasa a 8%”. Lo mismo está ocurriendo con las gasolinas. “Los sistemas de facturación están deshabilitados en la región fronteriza, por lo que pide guardar los tickets para facturar a final del mes”. ¿Por qué el SAT no actuó en consecuencia si desde hace mucho sabía que se modificaría la tasa en la frontera? ¿Será muy difícil cambiar el software tributario para subsanar este error?

Tercer ejemplo. Estamos a mediados de enero, 45 días después de la toma de posesión, y al día de hoy no tenemos una idea precisa de qué va a hacer este gobierno para combatir la delincuencia. Siguen dando bandazos. Lo de la Guardia Nacional no le queda claro a nadie. Se trata de un tema de la mayor importancia. Y aquí, a diferencia de otros asuntos, el Estado es el único que puede proveer seguridad a la sociedad. Al ser un bien público, el mercado no es una opción: los privados no tienen incentivos para suministrarlo.

Son estatistas, pero están lejos de demostrar eficacia administrativa del Estado. Pemex envía a Nueva York a un director financiero que no sabe nada de las finanzas de la empresa. El SAT no modifica sus sistemas y ralentiza la actividad económica en la frontera norte. El gobierno no acaba de decidir qué va a hacer para resolver algo que el mercado no puede solucionar: la seguridad que tanto nos afecta a los mexicanos. Señores estatistas, demuéstrenos a los neoliberales que estamos equivocados y que el Estado sí puede ser un gran administrador. Por lo pronto, están reprobados.

Twitter: @leozuckermann