Nos convenció su elocuencia; el argumento de Enrique Bustamante es irrefutable. Nos hizo creer con la razón y el corazón. Mostró, en una sobremesa, la esgrima verbal para la que él entrena a otros: la oratoria. Comunicación e intención se reúnen y crean reflexión, cambian perspectivas, crean comunión. Pero su mensaje no gozó sólo de una bella forma. El contenido del argumento tiene una profundidad que quiero reflexionar aquí.

Su argumento: es necesario retomar el valor de la palabra. Honrar la palabra es una acción innecesaria, la palabra es inviolable desde que surge. Nos dibujó un escenario propio de los caballeros del siglos pasados en donde aquello que se dice se cumple. Palabra de Honor. Hoy, esa palabra es vapuleada. Sentimos que decir y hacer están separados. Somos hijos del tuit, del muro de face, del procesador de palabras. Las máquinas de letras producen dichos: el hombre no se compromete a los mismos. Hoy pisoteamos la palabra, nos desdecimos a cada rato. Los políticos dicen: prometen, elogian. Los discursos y los hechos se oponen. El acto de habla es reducido a una mentira. ¿Cuándo caímos en ese aliento de nuestro tiempo? ¿Qué hacemos para revertirlo?

La reflexión es profunda. En todas las sociedades preliterarias, sin escritura, la palabra es cuidada y temida. Quien habla cuida lo dicho porque a partir de su voz crea el mundo. La palabra es compromiso, es responsabilidad.  Por ello, a la magia la antecede la palabra; al perdón lo antecede la palabra; a la muerte la antecede la palabra y con ella llega el silencio, la falta de palabra. El chamán o el brujo del pasado comienza con la palabra: palabra que cura o enferma.  Conjuro, hechizo, maleficio, rezo: todas ellas encierran el poder de la palabra. El canto, aliento con pulso cardíaco, sólo le suma el ritmo a la palabra.

El pacto y la convención, acciones  profundamente humanas, son actos lingüísticos. En el mundo esquimal se pronuncian nombres durante el parto: cuando alguien nace, toma el nombre mencionado al salir. El ser cobra vida con el lenguaje. Dice Octavio Paz que “la historia del hombre puede reducirse a la de las relaciones entre las palabras y el pensamiento porque todo periodo de crisis inicia o coincide con una crítica al lenguaje”. Enrique muestra una crisis de nuestro tiempo: la palabra no tiene palabra. Nuestro aliento apesta a simulación, a teatro, a mentira, a falta de compromiso.

Dorothy Lee cuenta cómo entre los navaho la responsabilidad y el respeto vienen con la palabra. Sorprendida de que un niño de corta edad lleva el pelo largo por debajo de la cintura, le pregunta a la madre el porqué, a lo que ésta responde: aún no pide que se lo corte. La independencia del otro está en el lenguaje. La antropóloga griega devela cómo el lenguaje codifica la realidad. La libertad y la responsabilidad se encierran en su gramática y su sintaxis.

¿Qué riqueza guarda nuestra lengua? y ¿Qué riquezas guardan nuestras lenguas indígenas? Es imposible describirlas aquí. Lo que es cierto es que debemos hacer dos luchas, una por rescatar el valor de la palabra y otra por rescatar nuestras lenguas.

La era digital hace un lenguaje líquido que parece evaporarse en la inmensidad de la red. Pero si acaso algo ha hecho nuestro tiempo es recobrar la voz. La imprenta la empaquetó en trazos; la omnipresencia electrónica, vuelve ese acto en flexibilidad. La voz se levanta de las pantallas, los sonidos cobran vida. Una de las cosas que más impactó de trabajar con ciegos fue  comprender la accesibilidad que permiten los medios electrónicos. Hoy siri, google y otros sistemas facilitan hablar, traducir, dictar. Los lenguajes se hacen uno. La traducción babeliana está aquí, pero no así el entendimiento. El inglés acapara la red. Al parecer más de la mitad de la web está en habla inglesa. Nuestra lengua junto con el mandarín, el ruso, el alemán y otras treintaitantas lenguas acaparan toda la red. Pero esa diversidad es diminuta comparadas con el cálculo de cerca de 6700 lenguas aún existentes y muchas no verán su rastro en esa imprenta global.

En la era digital la desaparición lingüística va al ritmo de los cambios tecnológicos. Según la UNESCO una lengua desaparece cada dos semanas. En México contamos con 68 lenguas originarias y entre ellas hay más de 350 variantes. ¿En cuánto tiempo desaparecerán? Pensar las migraciones y el orgullo a la lengua, es pensar el valor de la palabra. Al igual que los migrantes latinos, cuyas generaciones diluyen el español en la memoria, los migrantes indígenas de México hacen lo mismo. Conozco de casos que padres deciden no hablar su lengua originaria porque eso implica, para su hijo, aparecer en un censo como indígena, “mejor que no quede rastro”. El rezago, la discriminación y la falta de orgullo son las puertas del olvido. Esa misma sensación puede ocurrir con la población latina de Estados Unidos: hoy esa población representa el 30% de los hablantes de nuestra lengua española.

Israel rescató una lengua muerta y la forjó en una comunidad viva. Con ella, se rescató un pensamiento, una filosofía y una perspectiva del mundo. Pero detrás de esa gran labor existe un profundo acto de orgullo. Mi amigo Pepe, miembro de la comunidad, me ha contado su visión del rescate. El hecho de sentir orgullo por la lengua y por la tierra van de la mano. La diáspora judía se forja en el orgullo y el amor por el orígen. Ir a Israel, aprender su lengua, comprender su cultura es parte del espíritu del tiempo de los judíos del mundo. No importa si son o no religiosos. A su regreso se deja una semilla que germina para toda la vida. Pepe imagina un proceso así para su México; el orgullo de los mexicanos que viven en Estados Unidos debe de pasar por ambas cosas: un amor a la lengua y un regreso a su tierra.

Pienso en la profunda labor que requiere recobrar la palabra y honrar la lengua. Imaginemos cuán ricos seríamos si rescataramos y defendieramos el español y las 68 lenguas que se esconden entre nuestros hogares, entre empleados, maestros y policías que lo enmascaran en su cotidianidad. La reunión con Enrique sucedió antes de ver la escena de López Obrador y el bastón de mando. No quiero negar mi emoción al ver la profundidad simbólica del acto. Pero eso me hizo volver a leer a Octavio Paz y su Arco y la Lira, porque ahí recordé haber leído una anécdota y una cita que usó el nobel para describir cómo las naciones son hechos verbales y para ahondar en la importancia de la lengua:

“En el libro XIII de los Analectas, Tzu-Lu pregunta a Confucio: Si el duque de Wei te llamase para administrar su país ¿cuál sería tu primera medida? El maestro dijo: La reforma del lenguaje” – y Paz continuó- No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro.

 

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