Amediados de los años sesenta, la Facultad de Ingeniería de la UNAM era una isla, una escuela técnica y científica donde supuestamente no tenía cabida la política. Por mi parte, ni siquiera cuando fui electo Consejero Universitario -poco antes de estallar el movimiento del 68- tenía mayor conocimiento de las corrientes políticas que de manera más o menos subrepticia se disputaban espacios de influencia en nuestras aulas. Aunque compartía las pasiones intelectuales de los sesenta y leía a Camus, Sartre, Aron, Trotski, Deutscher y Paz, me consideraba apolítico, solo un estudiante de ingeniería con aficiones humanísticas. Quizá por eso los representantes de aquellas corrientes me eligieron. Pero de pronto, en un ambiente donde todavía se coreaban los “güelums” y las “goyas” del futbol americano en el Estadio Universitario, la realidad entró a galope.

Estábamos conscientes de la ola “contestataria” que recorría el mundo, de París a las universidades de Estados Unidos. De pronto, ese fervor llegó a México. Recuerdo el momento de la revelación. Ocurrió durante la marcha encabezada por Javier Barros Sierra en protesta contra el “bazukazo” que derribó el portón virreinal de San Ildefonso. Isabel Turrent y yo nos unimos a esa manifestación, atraídos por el imán de la historia. Había que decir NO al gobierno autoritario, a su vieja retórica y sus mentiras. Exaltados, recorrimos las calles al grito de “¡Únete, pueblo!”. La “goya” que coreamos en la avenida Félix Cuevas -mientras los granaderos nos acechaban- no era deportiva, era un acto de rebelión, un bautizo de libertad.

El líder del movimiento en la Facultad era Salvador Ruiz Villegas, un norteño grandote, recio y elocuente cuyas arengas nos encendían. Un día, en la explanada contigua al Auditorio, escuché por primera vez a Heberto Castillo, cuyo libro sobre resistencia de materiales había leído con tal entusiasmo que me volví suplente de esa materia. “Acaba de estar en la Trilateral de Cuba”, me informó un compañero. Yo participé en el movimiento como pude: aportando papel y materiales de propaganda, marchando, asistiendo a los interminables mítines y asambleas. La tarde del 15 de septiembre, acudimos al grito de Independencia que dio Heberto Castillo en la explanada de la Rectoría. Tres días después, el Ejército allanó la UNAM.

El 2 de octubre recorrí la zona aledaña a Tlatelolco por la mañana. Los soldados limpiaban sus bayonetas. Sentí un ominoso augurio en el ambiente. Por la tarde, escuché la noticia terrible por NBC, única estación que trasmitió (en inglés) los hechos. La paloma de la paz en el flamante Anillo Periférico amaneció ensangrentada. En el Excélsior de Julio Scherer, Daniel Cosío Villegas profetizó el descrédito eterno del gobierno. Octavio Paz renunció a la embajada en la India y publicó su poema “La limpidez”. México estaba de luto. Mi generación había encontrado su destino: cambiar al régimen.

El 68 me marcó para siempre. No vi, o no quise ver en él, un movimiento revolucionario (que lo era, en ciernes) sino una rebelión libertaria. Un rechazo radical a un gobierno y un régimen despótico, petrificado, creyente de su propia propaganda y su verdad única. Lo que he escrito después (cualquiera que sea el valor que tenga) se originó en las marchas de ese movimiento casi anarquista que, en mi caso, con el tiempo, derivó hacia convicciones democráticas y liberales.

¿Cómo conmemorar el 2 de octubre? Por un lado, aportando a las nuevas generaciones la verdad histórica y debatiendo sobre los hechos y su legado. Pero hay deudas por saldar. Tenemos el deber de poner nombre y apellido a los héroes del movimiento, hoy olvidados. Entre los que ya no están con nosotros, recuerdo al noble e impetuoso Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, al sagaz y valiente Eduardo Valle “El Búho”, al brillante Luis González de Alba, cuya muerte lamenté mucho. Entre los que viven, a Gilberto Guevara Niebla (que tanto se ha destacado en el campo de la educación) y a mi querido líder Salvador Ruiz Villegas, a quien hace un par de años encontré fuera de la Facultad de Economía. Hacía tiempo me había dado su libro Malkhut, cuyos relatos evocaban el espíritu romántico del 68. Nos abrazamos y nuestro abrazo fue como una larga despedida, metáfora de aquel movimiento, paréntesis de fraternidad en la oscuridad de nuestra historia.

* Una versión de este texto aparecerá en el libro A 50 años del movimiento estudiantil de 1968. Testimonios y reflexiones, que próximamente publicará la UNAM.

www.enriquekrauze.com.mx