La inflación en el mundo se ha vuelto un tema de enorme actualidad. En Estados Unidos alcanza niveles no vistos desde 1980; en Chile superó los dos dígitos; en Francia se convirtió en el principal tema de la campaña electoral. Proviene de las consecuencias de la pandemia —interrupción de las cadenas de suministro, exceso de demanda de bienes en lugar de servicios— y de la guerra en Ucrania —alza del precio del petróleo, de los alimentos, de los fertilizantes, de algunos minerales estratégicos—. Todos los países buscan domarla a su manera, unos con más éxito que otros.

El gobierno mexicano ha buscado controlarla con tres tipos de medidas. Primero, la más ortodoxa: subir tasas de interés. Funciona, pero aplasta el de por sí ya raquítico crecimiento de México. Segundo: congelar el precio de las gasolinas mediante un subsidio caro y regresivo. Y ahora, tercero, controlar precios más o menos voluntariamente (una contribución mexicana a la civilización occidental), y aumentar la producción de alimentos. Esta última medida merece una reflexión.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

México es un país a la vez importador de alimentos —maíz, trigo, carne, frijol— y exportador —frutas, aguacates, miel, cítricos, cerdo, cerveza (suponiendo que sea un alimento)—. Esta configuración no es propia de nuestro país. En realidad, prácticamente ninguna nación en el mundo es autosuficiente en alimentos en general, o en alimentos estratégicos en particular, y habría que definir qué significa la palabra “estratégico” para cada sociedad. La soya es estratégica para China, pero no para Estados Unidos; el jugo de naranja es estratégico para los norteamericanos, no para los chinos. De los cinco principales importadores de alimentos en el mundo (China, Estados Unidos, Alemania, Japón y Países Bajos), cuatro son también los principales exportadores (Estados Unidos, Países Bajos, Alemania, Brasil y China).

Pero pocos países se obsesionan tanto con la autosuficiencia alimentaria como México. López Portillo lo hizo, sin éxito, quizás porque le faltó tiempo al SAM; López Obrador ahora se obsesiona de nuevo, por motivos de nacionalismo ramplón de los años setenta pero también por miedo a las alzas de precios de alimentos importados. Por eso anunció la eliminación de aranceles para la importación de varios productos alimenticios, y por eso inventó su nueva locura: que los campesinos siembren maíz entre los frutales y maderables de Sembrando Vida —es decir, en los estados del sur-sureste.

Toda aspiración a la autosuficiencia es a la vez comprensible y contradictoria. En algunos casos puede cobrar sentido estratégico, mas también implicar costos importantes. Sin proponérselo realmente, Estados Unidos se volvió autosuficiente en petróleo hace algunos años, gracias al fracking y el shale oil, pero sigue igual de víctima que antes de los aumentos de los hidrocarburos en el mundo (ver el precio de la gasolina en California), y de las graves consecuencias ambientales de esa forma de explotación del subsuelo. En la gran mayoría de los casos, sin embargo, los intentos de autosuficiencia —alimentaria o no—, cuando no se dan naturalmente, descansan en subsidios, o bien directos al productor, o bien al consumidor cuando lo que se produce localmente es más caro que lo que se podría importar, y se controlan los precios internos. La pregunta de fondo es si a México le conviene importar maíz y exportar aguacates, si podríamos exportar ambos, o si dejamos de producir aguacates para producir más maíz. Con límites estrechos en la frontera de riego, de tierras cultivables y de logística, en el mundo real probablemente nos convenga exportar aguacates e importar maíz porque las otras alternativas no son viables. Japón importa una gran proporción de sus alimentos —y de su energía— y no le va muy mal que digamos, salvo por el subsidio del arroz, con raíces político-electorales bien conocidas. Querer ser autosuficientes en alimentos es una mala idea estratégica, y una peor idea antiinflacionaria.

Pero sembrar maíz y frijol “intercalados” (así lo dijo López Obrador) en las milpas de los arbolitos es un despropósito completo. Si talar selva y bosque en Chiapas, Oaxaca y Tabasco para sembrar frutales que no rendirán nunca y maderables que no crecerán fue un delirio importado de los cinturones de La Habana de mediados de los años sesenta, sembrar maíz en la terraza, el patio o el jardín evoca obviamente el Gran Salto Adelante de Mao en 1958.

Desesperado por las dificultades de industrializar aceleradamente al país, ante su desconfianza en la URSS y preso de su propia megalomanía, el líder chino decidió lanzar un gran programa de autosuficiencia en todo. Pero se centró en lo que en aquella época parecía ser el criterio principal de la modernidad vía la industrialización: la producción de acero. Y puso a los campesinos chinos a construir y operar pequeñas fundidoras de acero en sus parcelas, casi a escala individual, para lograr de la noche a la mañana niveles de producción elevados.

El experimentó fracasó, por supuesto, y constituyó uno de los factores que produjeron la hambruna más devastadora de los tiempos modernos: más que Ucrania en los años treinta, más que Bengala en los cuarenta. De todas las locuras de Mao, ésta fue la joya de la corona. Ni hablemos de las boberías cubanas, desde la zafra de los diez millones en 1970, hasta criar cerdos y gallinas en los balcones de La Habana durante el llamado período especial. Ahora vamos a sembrar maíz y frijol entre frutales y maderables para bajar el precio de la tortilla. Viva la 4T.

FuenteJorge Castañleda

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Jorge Castañeda Gutman es un político y académico mexicano que se desempeñó como Secretario de Relaciones Exteriores. También es autor de más de una docena de libros, incluida una biografía de Che Guevara, y contribuye regularmente a periódicos como Reforma, El País, Los Angeles Times y la revista Newsweek.