Daniel Cosío Villegas dividía a los hombres públicos de México en dos categorías: los que construían y los que destruían. En marzo de 1947 escribió sobre nuestros presidentes:

Fueron magníficos destructores, pero nada de lo que crearon para sustituir lo destruido ha resultado indiscutiblemente mejor.

Le dolía haber llegado a esa conclusión. Como muchos compatriotas, de joven creyó que ser presidente era como ser Dios, creador del mundo. Recuerdo una anécdota significativa. Ocurrió en octubre de 1974 en el auditorio del viejo Colegio de México (situado entonces en la calle de Guanajuato y desaparecido en el terremoto de 1985). Don Daniel presidía un examen profesional. «¿Quiso usted alguna vez ser presidente de México?», le preguntó Jean Meyer. Aparentó ponerse serio. Carraspeó, como era su costumbre, se allegó el micrófono, y dijo: «Nunca, jamás, en ningún momento … (larga pausa) … he negado que quise ser presidente de México». Todos reímos de buena gana, pero sabíamos que no bromeaba del todo.

En sus Memorias (publicadas póstumamente por Joaquín Mortiz en 1976) hizo la suma de sus fugaces encuentros con los presidentes:

Vi (y de bien lejos) una vez a Porfirio Díaz, y hablé una vez única con Carranza, Calles, Portes Gil y Díaz Ordaz. Con Cárdenas hablé dos veces, y con Ruiz Cortines y López Mateos unas tres.

Curiosamente, el recuento omitió a Álvaro Obregón, a quien conoció en 1921, en el marco del Congreso Internacional de Estudiantes. Quizá su fantasía presidencial provenía de entonces. Cosío presidía las dos federaciones de estudiantes (la mexicana y la internacional) que convocaron a ese encuentro, que presidió también. Tantas presidencias acumuladas lo hicieron soñar con «la grande». Y Obregón, en presencia de José Vasconcelos, se lo anunció: «Después de mí, sigue Pepe; y después de Pepe, usted».

No siguió Pepe ni siguió Daniel. No fue presidente y ni siquiera secretario de algún ramo para el que estaba singularmente dotado, como Educación o Relaciones Exteriores. Alguna vez le pregunté la razón, y me respondió: «porque tengo una N de NO en la frente». Pero además de su temple crítico, pronto descubrió que la marginalidad política obraba a su favor porque gracias a ella podía edificar una obra valiosa y perdurable. Y precisamente por haber pertenecido a la Generación de 1915, que construyó el andamiaje institucional del país, don Daniel criticaba a las figuras opuestas: los destructores.

Siempre le gustó tenerlos en la mira. Describí algunas de sus impresiones personales y opiniones en Daniel Cosío Villegas. Una biografía intelectual (1980). Otras quedaron inéditas, en los casetes que recogen las conversaciones que tuvimos entre 1970 y 1976 en su casa de San Ángel. Recordar esos encuentros no es un ejercicio de nostalgia. Muchas de sus críticas pueden leerse como profecías.

Don Daniel, que escribió la magna historia del porfiriato (muy centrada en Porfirio Díaz), no dejó una obra integral sobre ningún presidente de la posrevolución. En artículos y ensayos le reconocía a Plutarco Elías Calles haber cerrado la era de los caudillos y evitado el desgajamiento del grupo en el poder. No consideraba importantes a los tres presidentes del maximato: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. Tampoco escribió directamente sobre Manuel Ávila Camacho, pero cabe leer su alusión a la «corrupción administrativa» en «La crisis de México» (Cuadernos Americanos, marzo-abril de 1947) como un señalamiento que incluía al sexenio del «presidente caballero».

Tampoco se adentró específicamente en los perfiles de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos. ¿Por qué? A partir de 1957, don Daniel fue embajador de México en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (Ecosoc), que presidió en 1959. No podía sentirse cómodo criticando al gobierno que representaba. Por otra parte, y en contraste con las tesis de «La crisis de México», en aquellos años del «desarrollo estabilizador» el desempeño del régimen le parecía aceptable.

Cuatro presidentes le interesaron particularmente: Lázaro Cárdenas (a quien llamaba «Mi General»), Miguel Alemán (que fue su discípulo), Gustavo Díaz Ordaz (con quien se confrontó en el 68) y Luis Echeverría, sobre quien escribió una pequeña obra maestra: El estilo personal de gobernar.

Dedicaré las próximas dos entregas a recordar sus encuentros con ellos. Los criticó siempre bajo la misma óptica. ¿Fueron constructores o destructores? Su respuesta no los favoreció.

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