Había una vez un país llamado “México” que, de repente, comenzó a sentir algo especial por la “Ciudadanía”. La relación entre ambos era compleja. “Ciudadanía” vivía un momento muy complicado, la habían decepcionado, defraudado y herido mucho. Así que, como decimos coloquialmente: “la burra no era arisca, los palos la hicieron”.

México” tenía muy en claro que su intención era conquistar a “Ciudadanía”. Recurrió a las enseñanzas que el tiempo, sus ancestros y la experiencia le habían obsequiado. Los días transcurrieron y la cercanía entre ambos era cada vez mayor. La confianza, la empatía y el cariño habían surgido. Sin embargo, el “Sistema”, aquél antiguo amor de “Ciudadanía”, insistía en continuar su relación con aquella noble damisela. Ella estaba confundida. Guardaba aprecio y gratos recuerdos con “Sistema”, pero temía, temía a lo que vendría si decidía dar por finalizada esa relación de varios años, por más tóxica que fuera.

Ciudadanía” buscó alternativas y creyó encontrarlas, a pesar de ello, muy en el fondo, sabía que debía seguir adelante. Lastimar al “Sistema” la hacía dudar, incluso, al grado de sacrificar lo que podría significar su felicidad con “México”, con otro o ella sola. Sus pasos la encaminaban a “México”, quería estar con él. Quería volver a confiar y sentirse protegida. La presencia del “Sistema” era demasiada. Eran años, momentos, anécdotas. Unas buenas y otras malas. ¿Cómo dar ese paso? ¿Cómo enfrentar a sus familiares y amigos para decirles que el “Sistema” había quedado atrás y se daría una oportunidad con “México”? Y, sobre todo, ¿cómo dejar en el pasado aquellos hábitos?

“No cabe duda, que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”, escribiría don Alberto Aguilera Valadés, mejor conocido como Juan Gabriel, uno de los mejores autores de nuestro país. Amor propio, amor por el prójimo. Amarse como amas a los demás y amar a los demás como te amas a ti mismo es una tarea titánica. Hay que tomar decisiones que, en ocasiones, duelen. Un dolor compartido, un dolor que nos recuerda que estamos vivos.

Ciudadanía” le confesó a “México” que la alegraba y la hacía sentir bien en los peores momentos. Sin embargo, la costumbre se impuso. El miedo la paralizó. Decidió convencerse y convencer al mundo que su relación estaba bien. Publicaciones en redes sociales daban fe de ello. Aunque, como diría Nicolás Maquiavelo: “Todos ven lo que aparentas; pocos advierten lo que eres”. “Ciudadanía” insistía en aparentar, a pesar de que quienes estaban a su alrededor estaban conscientes de la obsesión de “Ciudadanía” por engañarse. Ella sabía la verdad, el miedo la petrificaba. Le faltaba recordar que tener miedo es de valientes.

Los mexicanos hemos vivido por años el sueño de los justos. Creímos despertar en las elecciones presidenciales de 2000, y caímos en una amarga decepción. En 2006, el sistema se impuso y evitó que la ciudadanía tomara sus propias decisiones. En 2012, la ciudadanía decidió deslumbrada por la mercadotecnia y el despilfarro.

Trece años transcurrieron desde que un ilusionista comenzó a endulzar los oídos de la ciudadanía; tal como el flautista mágico, la ciudadanía fue tras él. Conquistó el poder, y por la buena; sin embargo, la ilusión del poder lo cegó, como tratando de ver al sol directamente. Es demasiada luz como para apreciarla junta. El Mesías es divino, es salvador y redentor, muy superior a un mero ilusionista que entona el canto de las sirenas.

Dignificar a la política, al gobierno, a México entero, depende de cada uno de nosotros, no de un solo hombre. Se basa en hacer lo que nos corresponde, y, si se puede, un poquito más. Hoy el peligro no es el ilusionista, ni el sistema, sino la pasividad de la ciudadanía y el poco amor que esta pueda tenerle a México. Sin duda, este es un romance muy a la mexicana.

Post scriptum: “En la guerra como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca”, Napoleón Bonaparte.

* El autor es escritor, catedrático, doctor en Derecho Electoral y asociado del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP).

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