En cuanto se supo que el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU) había votado mayoritariamente a favor de la salida de la Unión Europea (UE), pensé en James Madison y su preocupación por la “tiranía de la mayoría”. ¿Es justo que 52% del 72% de los adultos con derecho a votar cambien una regla que puede cimbrar las bases de una nación?

Madison, uno de los más brillantes constitucionalistas de Estados Unidos, lo tenía muy claro. Estaba a favor de la regla reina de la democracia, es decir, el derecho de la mayoría a decidir. Pero también le preocupaba que una mayoría pisoteara los derechos de las minorías. Eso tampoco era democrático, por lo que debía buscarse un remedio
para evitarlo.

Antes de ver las posibles soluciones, regresemos al RU. 17 millones 410 mil 742 votantes sufragaron a favor de dejar la UE. 16 millones 141 mil 241 en contra. La diferencia es de un millón 269 mil 501 votos, equivalentes a 3.78% de los que fueron a votar ese día o de 2.73% de la lista completa de electores británicos. Lo que en realidad tenemos es un país prácticamente partido en dos, donde uno de los lados obtuvo una diferencia marginal a su favor. Es el Reino Dividido no el Reino Unido.

Geográficamente es clarísimo. A favor de permanecer en la UE se expresaron mayoritariamente Escocia, Irlanda del Norte y Londres. A favor de salirse de la UE, Gales e Inglaterra (salvo Londres). En cuanto a la edad, sólo 19% de los votantes entre 18 y 24 años apoyaron la salida, lo que contrasta con el 59% de los pensionados que votaron por esta alternativa.

Retomemos a Madison quien, desde el siglo XVIII, mostró su preocupación porque una mayoría avasallara a la minoría. Es por eso que los constitucionalistas estadunidenses diseñaron reglas para limitar el poder de las mayorías. A fin de que los estados más poblados no sometieran a los menos poblados, establecieron el Senado como segunda cámara legislativa con idéntica representación independiente de su población. En el Senado, además, se desarrolló la regla del “filibusterismo”, donde una minoría de 40% puede impedir que se debata y vote una ley.

Más aún, existen reglas de supermayorías para tomar decisiones transcendentales. Si un Presidente veta una ley, se necesitan dos terceras partes de ambas cámaras para superarlo. O si el Congreso quiere remover al Presidente, también se requieren dos terceras partes. Existe, además, la revisión judicial de las leyes por parte de la Suprema Corte de Justicia. Si una mayoría aprueba una legislación contraria a la Constitución, los jueces pueden echarla para atrás, lo cual lleva a otra regla importantísima en una democracia: las supermayorías para enmendar la Constitución.

En México se requieren dos terceras partes de las cámaras de diputados y senadores más la aprobación de la mitad más uno de los congresos locales. En Estados Unidos es lo mismo, salvo que se necesita la ratificación de tres cuartas partes de los estados. En Francia, para cambiar la Carta Magna, primero se requiere que las dos cámaras del Congreso lo aprueben y luego sea ratificado por una simple mayoría del electorado en un referéndum o por una supermayoría de tres quintas partes de las dos cámaras en sesión conjunta.

El problema en el RU es que no existe una Constitución escrita. Hay prácticas legales que se consideran como constitucionales. Hay todo un debate acerca de si el Parlamento es soberano para cambiar dichas prácticas por una mayoría simple. El hecho es que, en este caso, el primer ministro le propuso al Parlamento realizar un referéndum para decidir si ese país se quedaba o no en la UE. Lo hizo con la intención mundana de sacudirse a los críticos dentro y fuera de su partido, que insistían en que lo mejor era salirse. El Parlamento aceptó llevar a cabo dicho referéndum. Pero ni David Cameron ni la gran mayoría de los parlamentarios contaban que perdería la opción de permanecer. El 52% de los británicos votó por salirse, echando abajo una práctica que podría considerarse como constitucional: la membresía del RU en la UE.

Lo interesante es que, cuando el Parlamento aprobó el referéndum, no lo hizo vinculante, es decir, el gobierno no está obligado a actuar en consecuencia: puede rechazar los resultados y permanecer en la UE. No lo van a hacer porque enajenarían a la mitad de la población. De esta forma, lo que comenzó como un barato juego de poder de Cameron acabó convirtiéndose en un desastre que podría calificarse como acto tiránico de la mayoría. Es debatible. Lo que es indudable es que el resultado será una calamidad para un reino que hasta podría desaparecer porque hoy, más que unido, está tremendamente dividido.

      

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