Genaro García Luna ha caído en desgracia. La semana pasada lo detuvieron en Estados Unidos por “conspiración del narcotráfico y declaraciones falsas”. El mundo se le vino encima.

En México, el tribunal de la opinión pública ya lo declaró culpable. Vamos a ver qué pruebas presenta la Fiscalía en la otra corte, la única que cuenta, la federal del Distrito Este de Brooklyn en Nueva York. Vamos a ver si García Luna se declara culpable o inocente y, de ser así, cómo se defiende frente a las acusaciones. Si hay juicio, vamos a ver si un jurado lo declara culpable o no. Mientras tanto, huelga decir que, a pesar de la dura sentencia de la comentocracia y del tribunal de la opinión pública, el exsecretario de Seguridad Pública es inocente hasta que no se compruebe lo contrario.

Pero mi propósito no es defender a García Luna, quien seguramente tendrá muy buenos abogados para hacerlo. Lo que quiero es apoyar una idea que impulsó el que también fue titular de la Agencia Federal de Investigación (AFI): la urgencia de construir instituciones policiacas profesionales en México.

Independientemente de que se pruebe que el exsecretario de Seguridad Pública recibió sobornos por parte del crimen organizado o que muchos elementos de la Policía Federal (PF) estaban corrompidos, no podemos ni debemos descartar la idea que con tanta pasión promovió García Luna.

A la AFI la transformó. Con el apoyo de varias policías de investigación del mundo, de manera destacada el FBI, García Luna no sólo cambió la imagen del Policía Judicial sino que incorporó la tecnología como instrumento clave de las investigaciones.

Cometieron grandes errores, el más conspicuo fue la detención de Florence Cassez e Israel Vallarta. No dudo, también, que hayan seguido con la vieja tradición de torturar a los presuntos criminales. Pero, por lo menos en su sede de Legaria, había un equipo profesional de técnicos y peritos como nunca había existido en México.

García Luna se ganó la confianza del presidente Calderón, quien lo nombró secretario de Seguridad Pública con la misión de crear la nueva Policía Federal.

Ya existía una institución que tenía ese nombre, pero era preventiva. Calderón le dio más atribuciones a la PF, pero sobre todo, un enorme presupuesto.

La idea de García Luna era –sigue siendo– la correcta. Una organización civil que ofreciera una carrera de por vida a sus elementos, con los incentivos bien alineados: “zanahorias” para promover la eficacia, honestidad, el respeto a los derechos humanos y la rendición de cuentas; “garrotes” para castigar la ineficacia y corrupción.

En suma, una policía profesional, digna y bien capacitada.

Para tal efecto, se creó la Academia Superior de Seguridad Pública en San Luis Potosí.

Una escuela con aulas de cómputo, salones de tiro con simuladores, unidades médicas, comedor, habitaciones y todo tipo de edificaciones deportivas para instruir a los mandos policiacos con profesores de academias de otros países.

Se construyó, también, el centro de operaciones en Iztapalapa. Una base operativa y de capacitación. Había, por ejemplo, un avión para hacer simulacros de rescate de una aeronave secuestrada. Ahí estaba el hangar con los helicópteros Blackhawks, que Estados Unidos le vendió a México para combatir al crimen organizado.

No se puede olvidar el Centro de Inteligencia, el búnker construido en las oficinas centrales de la SSP en la capital que albergaba la “Plataforma México”. Otra vez, una idea correcta: el uso de herramientas informativas y tecnológicas para combatir la delincuencia.

Hay quienes piensan que todo esto era pura faramalla de García Luna. Una especie de “pueblos Potemkin”, escenografías bien presentadas con el fin de impresionar a los visitantes (sobre todo los periodistas), pero sin sustancia alguna. Un circo diseñado para disimular el desastroso estado real de las cosas. Puede ser.

Yo tengo mis dudas porque, a pesar de todo, quiérase o no, hasta el cierre del gobierno del Peña Nieto, la mejor policía que había en México era la PF.

Vamos a aceptar, sin embargo, que efectivamente todo lo que hizo García Luna fue una porquería.

A lo que no podemos renunciar, sin embargo, es a la idea de construir una policía seria y profesional, propia del siglo XXI, con los incentivos bien alineados para combatir al crimen. Esa idea, que tampoco es original de García Luna, pero que tuvo en él un principal promotor, no debemos descartarla comenzando, ahora, con la creación de otra nueva institución policiaca: la Guardia Nacional.

 

Twitter: @leozuckermann