El mensaje fue claro: Comprometer el desarrollo de México a la economía de Estados Unidos tiene un costo elevado. A lo largo de los últimos 25 años el país ha debido ajustarse a las cambiantes directrices norteamericanas. En ocasiones por la vía diplomática en otras a través de mecanismos de presión.

Solo un ejemplo, la agenda con China. Hace 25 años la globalización impulsada por Estados Unidos requería al país asiático como plataforma maquiladora. Hoy, ante el avance global del modelo de capitalismo de Estado chino, el presidente Donald Trump impone restricciones a empresas y naciones que tienen vínculos con China, el T-MEC es el mejor ejemplo de ello.

Gracias al acuerdo alcanzado el pasado 7 de junio, las exportaciones mexicanas quedarán libres, temporalmente, de la imposición de aranceles. A cambio, México tendrá que reforzar su vigilancia para frenar la inmigración ilegal al mismo tiempo que se convertirá en el lugar de espera para migrantes centroamericanos que soliciten asilo en Estados Unidos.

Sin lugar a duda que los beneficios son mayores si se compara con la afectación que México habría enfrentado en caso de que se hubieran impuesto aranceles de hasta 25% a sus exportaciones: una caída en el PIB de entre 1 y 1.5%.

El único superávit relevante se tiene con Estados Unidos: en 2018, (con cifras del Banco de México) la balanza comercial fue favorable por más de 142 mil millones de dólares.

Lamentablemente el beneficio se va al exterior, se utiliza para pagar el déficit de 136,000 millones de dólares (mdd) que se tiene con Asia (76,000 mdd tan solo con China), y los acumulados con Europa y aun con África.

Las exportaciones que México envía a Estados Unidos (358,000 mdd en 2018) representan una cifra comparable al 30% del PIB nacional, pero únicamente constituyen el 1.7% de PIB de EU.
Las cifras de la dependencia son contundentes: México es un país de apertura económica estructuralmente deficitario, es decir, compra más de lo que vende y envía más renta de la que recibe: sin contar las remesas, en 2018 el déficit de bienes, servicios y renta superó los 54,000 mdd, es decir, fue mayor a 4% como proporción del PIB.

Lo anterior muestra el grado de dependencia que tiene la actividad productiva respecto a la entrada de recursos externos. Esa es la espada de Damocles que pende sobre la economía mexicana y la cual fue utilizada durante los últimos dos años para presionar a México.

A pesar del acuerdo migratorio-comercial alcanzado, se debe ser consiente que en los meses por venir las presiones sobre México continuarán porque se enfrenta un cambio de época: Donald Trump instrumenta un cambio geoestratégico que tiene como objetivo recapturar parte de los procesos productivos, de innovación y financieros que salieron de su país. Lo ha dicho claramente: Hacer América Grande, Otra Vez. Hoy, como no se veía desde hace décadas, se encuentra vigente la aseveración de John Foster Dulles, secretario de Estado con Dwight Eisenhower: “Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses”.

El Gobierno de México debe incorporar este hecho a sus estrategias y evitar que las modificaciones en la relación con EU afecten más al país.

Para enfrentar la nueva realidad, se debe retomar el camino del fomento a lo Hecho en México y propiciar el Fortalecimiento Productivo del Mercado Interno, es la única vía de corto plazo para garantizar mayor estabilidad y crecimiento de la economía nacional. Sin crecimiento económico interno ¿Cómo se evitarán las presiones externas?