A raíz de la publicación del Modelo de Predicción de la Cámara de Diputados de oraculus.mx —que hoy le da una probabilidad de más del 99 por ciento a Morena y partidos satélite de retener la mayoría simple en la próxima Legislatura, y un 39% de mantener la calificada de dos terceras partes—, muchos me han preguntado cómo es posible esto tomando en cuenta los malos resultados del gobierno en materia económica, de seguridad y del manejo de la pandemia. Me sorprende la pregunta. ¿Acaso no se han dado cuenta que nos gobierna un líder populista?

Definiciones de populismo hay muchas. Es un concepto muy manoseado a lo largo de la historia. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Esta definición es muy estrecha. Uno podría argumentar que cualquier gobierno en una democracia es populista ya que, para ganar el poder, requiere una mayoría de votos de las clases populares.

Necesitamos refinar más el concepto. Para el propósito de este artículo, voy a definir al populismo como un régimen político donde un líder carismático propone soluciones muy atractivas para el electorado, que en realidad son falsas y, por tanto, demagógicas.

Veamos lo que hace López Obrador. Su gobierno se ha vuelto un experto en repartir dinero en efectivo a la población a cambio de nada. De acuerdo con el Censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el 25% de las viviendas en México reporta que al menos una persona recibe algún tipo de apoyo del gobierno.

Los programas sociales de AMLO tienen un fuerte componente de clientelismo electoral. Hemos visto, a través de las redes, videos de cómo llegan brigadistas de Morena a preguntarle a la gente si reciben el dinero y posteriormente desinformar que, si gana la oposición en las próximas elecciones, se los reducirán o quitarán.

De acuerdo con varias encuestas, los beneficiarios de los programas sociales están felices con el dinero que reciben. Y es que muchos mexicanos piensan que el gobierno nunca les da nada y, cuando de pronto les llega dinero en efectivo, se sienten muy satisfechos. Luego arriban los servidores de la nación para recordarles a quién hay que agradecérselo el próximo seis de junio.

Uno podría preguntar, ¿y qué tiene de malo repartir dinero del gobierno a la gente? En principio, nada. Hoy en día, en el mundo entero se debate la posibilidad de otorgar un ingreso universal básico a toda la población. La pregunta de fondo es si es sostenible para las finanzas públicas.

Ayer, el Presidente anunció que, tan pronto como este año, se elevarán los montos de las pensiones a los adultos mayores para llevarlas al doble al final de su sexenio. También se reducirá la edad con derecho a recibirlo. Es clarísimo: AMLO está en campaña. Quiere retener la mayoría simple y calificada en la Cámara de Diputados a pesar de los malos resultados de su gobierno.

Elevar las pensiones de adultos mayores en México costará cientos de miles de millones de pesos al año. El Presidente, sin embargo, dice que lo va a hacer sin subir impuestos ni la deuda gubernamental. Se trata de una solución falsa y, por tanto, demagógica. Populista, pues.

He contado en este espacio la anécdota de un gobernante populista sudamericano que le escribió a un colega suyo de otro país por ahí de mediados del siglo pasado: “Si los trabajadores te piden, dales. Si te piden más, dales más. Al fin y al cabo, la economía es flexible”. Ni la economía es flexible ni lo son las finanzas públicas. Al revés, son inflexibles. Por eso, los gobiernos populistas pueden funcionar durante algún tiempo, pero suelen terminar muy mal. Los pasivos se van acumulando al punto que es imposible pagarlos. La economía, entonces, se va al caño.

El discurso populista es, por definición, popular: le encanta al electorado. Más cuando se tiene un poderoso aparato propagandístico. Con sus conferencias mañaneras, AMLO tiene dos horas diarias para inventar realidades (como la rifa de un avión que no se rifó o la existencia de vacunas que no existen), dramatizar peleas con adversarios reales o imaginarios, prometer una épica transformación histórica y vender mucha esperanza.

La combinación de clientelismo electoral y maquinaria propagandística demagógica son los dos pilares del populismo lopezobradorista. Y explican por qué, a pesar de los malos resultados, el gobierno podría arrasar en las próximas elecciones de junio.

 

Twitter: @leozuckermann

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