La teología judeo-cristiana (y muy particularmente ésta última), predica con admirable firmeza y auto confianza la supuesta fórmula mágica para no partir ni partirnos el corazón ni a nosotros mismos ni a la chica de nuestros sueños y ni siquiera a los posibles chilpayates que en una de esas podrían invadir nuestro idílico romance: el matrimonio.

Matrimonio estrictamente monógamo, hasta la muerte y bilateralmente obligado a una serie de cláusulas de índole moral indispensables para con el otro.

Pero, en el actual mundo posmoderno, plagado de poderosos tintes hedonistas (provocados seguramente en parte por las inmensas libertades civiles, económicas y de todo tipo con las que consecuentemente nos ha bendecido al menos al 95% de la humanidad el liberalismo ilustrado de los últimos siglos), hablar de promesas de amor resulta ser pecado, herejía de la más satánica, de esa que merece un buen baño de leña verde (y por baño, me refiero a uno que implique antorchas encendidas, y no agüita fresca, precisamente).

El argumento más poderoso y recurrente que he escuchado a favor del amasiato (o concubinato, o, en pocas palabras, el “hoy te amo; mañana, ¿quién sabe?”), es el mismo del “libre mercado anti monopólico”: si a mí, productor, se me garantiza que por ningún motivo tendré competencia alguna, la calidad de mi producto (en este caso, de mí mismo, como pareja) caerá estrepitosamente, por lo tanto, el amasiato es muy superior al matrimonio, pues logra con éxito mantener la llama de la pasión encendida.

Suena bastante lógico, ¿no? Sin embargo, éste último argumento presenta dos fallas mortales. Para empezar, la idea de la supuesta equivalencia entre el amasiato y el antimonopolio es en realidad una mala analogía, debido a que el matrimonio es en realidad un “monopolio voluntario”, así que por ende, no lo es. Me explico: para que exista un monopolio, debe haber violencia de por medio, ya sea de parte del Estado (que me prohíbe a mí de manera coercitiva el competirle al productor monopólico) o de parte del propio productor monopólico en contra de todos sus competidores potenciales (lo que puede suceder en un régimen político de orden anárquico).

Pero en el matrimonio no existe tal fuerza coercitiva, y mucho menos en la actualidad. Amas a voluntad; te aman a voluntad; prometes y te prometen amar a futuro enteramente a voluntad y a consciencia; de ahí a que en absoluto dicho vínculo esté condenado a deteriorarse con el paso del tiempo por una supuesta coerción del cónyuge, la familia, la sociedad o el Estado.

Sin embargo, sí existe una forma de coerción velada en la segunda parte del argumento pro amasiato: pues la llama de la pasión sí se mantiene encendida, en efecto, pero más por miedo que por amor auténtico; pues la pasión suele vivir por medio de tenues amenazas a capricho y de todo tipo: –Mujer “amada”, si no bajas de peso, dejaré de amarte-. –Hombre “amado”, si no ganas más dinero, dejaré de amarte-. Un depredador en piel de oveja, que habla de pasiones cimeras y apoteósicas pero ofrece en realidad un sutil y tóxico torrente de violencia verbal y psicológica en contra del supuesto sujeto de nuestro supuesto amor (sistema de relación que, sin lugar a dudas, es la fórmula perfecta para el desamor y la codependencia, y no para el amor eterno –es decir, a presente y a futuro- ni mucho menos).

Moraleja: si eres sadomasoquista (o sólo una u otra), adicto a los corazones rotos y a las relaciones intensamente tóxicas y codependientes, lo tuyo, lo tuyo, es una relación sin compromiso (y no te apures, te garantizo que con extrema facilidad encontrarás a los rotos y/o a los descosidos de tus sueños, y en mucho más de una sola ocasión, cabe mencionarlo).

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