A raíz del conflicto violento entre Estados Unidos e Irán resurgió la posibilidad de que, pronto, se lleven a cabo nuevos atentados terroristas. Uno de los asuntos interesantes del terrorismo es cuánto cuesta y cómo se financia.

Los ataques del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington mataron a 2 mil 974 personas y cambiaron al mundo. El costo para los terroristas que los llevaron a cabo: entre 400 y 500 mil dólares.

Los bombazos en Londres ocurridos el 7 de julio del 2005 privaron de la vida a 52 individuos. Su costo fue aún más barato: 15 mil 600 dólares.

Las células terroristas en el mundo entero han descubierto que pueden infligir mucho daño sin tener que gastar mucho dinero. Y para financiar sus empresas de terror recurren cada vez más a actos criminales. Así lo revela un reporte del Congreso de los Estados Unidos fechado el 24 de mayo del 2007.

El reporte Terrorist Precursor Crimes: Issues and Options for Congress argumenta que, desde el final de la Guerra Fria, los terroristas han recibido cada vez menos financiamiento de países que apoyan sus causas.

Además, gracias al desarrollo tecnológico, en la última década el terrorismo se ha descentralizado en células más pequeñas, menos jerárquicas, más autónomas y más amateurs. Estos dos factores han llevado a los terroristas a delinquir para financiar sus actos de terror.

De acuerdo con Siobhan O’Neil, autor del reporte, las actividades delictivas van desde la venta de droga hasta el atraco de fórmulas para infantes, pasando por la falsificación de dinero, el contrabando de Viagra, el atraco a joyerías, las estafas en teléfonos celulares y los fraudes a tarjetas de crédito y seguros.

El reporte es un catálogo de historias que podrían inspirar guiones cinematográficos. Ahí está, por ejemplo, cómo Timothy McVeigh y Terry Nichols robaron los explosivos de un depósito en Kansas y una armería en Arkansas; con este botín luego atacaron el edificio federal de Oklahoma City matando a 165 personas en 1995.

Menos suerte tuvieron dos terroristas novatos que querían hacer realidad el yijad islámico en una misión suicida en Irak; uno de ellos contrató un seguro por un millón de dólares en Alemania y trató de cobrarlo montando un fraudulento accidente vial, sin tener éxito.

El reporte menciona cómo ciertos grupos han construido emporios criminales para financiarse: Hezbolá, el Ejército Irlandés Republicano (IRA), los Tigres Tamiles y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Sobre este último, el estudio cita el trabajo académico de James Fearon, quien ha investigado la longevidad de las guerras civiles. En el caso de la colombiana, que duró mucho tiempo, el investigador argumenta que las FARC se financiaron contrabandeando bienes ilegales. Según Fearon, esta realidad borró la línea entre el “terrorismo, banda criminal y organización guerrillera” de las FARC.

En 2000, las FARC decretaron lo que venía siendo una de sus prácticas: el “impuesto revolucionario”. Todo aquel que tenía una fortuna mayor a un millón de dólares debía pagarlo o, de lo contrario, se invadían sus tierras o secuestraban a algún miembro de la familia. Extorsión pura.

Organizaciones independientes aseguran que en 2008 las FARC mantenían cautivas a unas 800 personas. Pero el negocio criminal más lucrativo del supuesto grupo revolucionario fue, sin duda, la producción y comercialización de cocaína.

¿Qué podemos concluir con toda esta información? Primero, que resulta muy barato financiar una empresa terrorista de gran envergadura. Segundo, que los terroristas recurren cada vez más a actos criminales para financiarse. Tercero, que entre los terroristas, como entre los gatos, hay clases, y las FARC fueron uno de esos grupos que destacaron por el tamaño de su organización, el territorio que llegaron a controlar y la dimensión de la empresa criminal que comandaron.

 

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