Este último fin de semana, fuimos testigos de hechos de cualquier color. En la ciudad de México además de la dosis cotidiana de accidentes automovilísticos, robos, agresiones a patrimonio o a policía y homicidios; fuimos testigos del “descarrilamiento” de uno de los juegos del parque de diversiones La Feria en Chapultepec. Durante varios días los noticieros nos machacaron los dos muertos, la gravedad de una de las mujeres heridas, las declaraciones de las autoridades capitalinas que aseguran haber supervisado el mantenimiento y la opinión de quienes ahí trabajan declarando que no solo sabían de mal funcionamiento sino de las veces que lo habían reportado.

En el plano internacional quedó en segundo lugar, la manifestación de la generación de jóvenes seguidores de la chica sueca -aterrada por la ausencia de futuro debido al cambio climático- que hizo perder la sonrisa al presidente de los Estados Unidos. En otras latitudes compitieron los manifestantes de  Corea, los chalecos amarillos de Francia y las muy diversas tragedias de inmigrantes que incluyen las contradicciones entre la oratoria gubernamental de las mañaneras o los discursos del canciller mexicano en la ONU y los reclamos de personas furiosas originarias de África, atoradas en territorio del sur de México.

Pero mexicanos al fin, por más de 48 horas una buena parte de la población de Azcapotzalco, ocupó el ánimo individual y colectivo en cantar, cooperarse para los mariachis, bocinas, flores y muchos más etcéteras en la colonia Clavería donde José Rómulo Sosa Ortiz –José José- pasó su infancia. ¿Qué aberración le parece peor, la que ha protagonizado la hija menor del príncipe de la canción o la que vimos a propósito de la muerte de Juan Gabriel?   No se ha muerto, dice un improvisado ex colaborador, que a partir de que nadie “pudo ver el cuerpo”, pretende que un día de estos, el michoacano reaparecerá en los escenarios.

Mañana entramos en el mes que será víspera del día de recuerdo y acompañamiento de los santos inocentes y los muertos; este incidente pone los sentidos en alerta para reconocer que la vida tiene un límite, que ese límite se asume de muy diversas maneras según el entorno cultural y temporal del que se va y sobre todo de la ética y madurez de quienes tuvieron en vida alguna relación –familiar o de amistad- con el fallecido. ¿Está usted en conocimiento de pugnas y malos momentos ínterfamiliares vinculados con la muerte de alguna persona? Personalmente se de muchas anécdotas, algunas de las cuales están incluidas en mi siguiente libro a punto de ver la luz; pero recuerdo el de un matrimonio de abuelos –de 100 él y ella de 95- que con solo 5 semanas de distancia se fueron a otro plano. Ambos fallecieron en los Estados Unidos, los dos llegaron a México en menos de 24 horas, después de su fallecimiento y sí con menos de mes y medio entre ambos velorios, los hermanos se pelearon, se ofendieron y profundizaron sus distancias a pesar de los vínculos de sangre.

Los motivos de diferencias de opinión y acción en estos casos son variados, el más recurrente es el financiero -porque alguno se cree con mejor derecho al otro para heredar, recibir estas o aquellas canonjías- o simplemente controlar como si fuera un rey o emperador plenipotenciario a hermanos, sobrinos o derecho-habientes en general. ¿Qué leyes se han hecho más difíciles en Miami, para impedir que el ídolo de Clavería llegue a México tan rápido como aquellos abuelos de mi ejemplo  aunque hayan pasado 3 días?

Los comentarios expresados a propósito de la muerte de un mexicano, que allá por los años 80, cantó en mi casa en el marco de una bohemia mensual, son tan variados como el amor, que se pinta de cualquier color. Los modernos practicantes de yoga, repiten que no hay que llorar y más bien los deudos deben “desprenderse” y repetir «ooommmm» mientras el espíritu muerto viaja por diversas dimensiones hasta encontrar el ser en el que debe reencarnar. Si Usted conversa con un judío ortodoxo o con ciertos musulmanes, seguramente exaltarán las cualidades regeneradoras de los pecados, con respecto a la culpa de haberlos cometido.

No con tanta enjundia como en las épocas en que el pago de indulgencias en la iglesia católica era uno de los negocios más rentables, a propósito de la partida de alguien que se solazó en los vicios, y “vivió como se le dio la gana” –según el dicho de alguno de sus amigos- pero habrá quien pague misas o rezos para que llegue pronto a cantar con los ángeles. Los feligreses de las iglesias cristinas reformadas, dirán que las oraciones deben ser por sus cercanos a fin de que en la espera de su turno, no pasen duelos muy angustiantes, ni se vean precisados a curar la depresión y el lloro, porque a final de cuenta desde le mismo instante en que se saca el último suspiro, el alma se trasporta a su destino.

Como el enterrar los cuerpos ha pasado de moda, seguramente lo que llegue a los homenajes –en Bellas Artes, alamedas o lo que las autoridades urgidas de aceptación y futuros votos determinen- serán las cenizas de algo que fue cuerpo, cantó, bebió, disfrutó y fue feliz en muy diversas acepciones o como José J cantaría “de cualquier color” ¿Por qué no hizo con el notario, al cual lo llevó su hija menor, una voluntad anticipada? Conoce casos en los que el cónyuge o cualquier encargado del enfermo, con el aval de esta figura diseñada para evitar dolor innecesario al que muere, se le suministra tal cantidad de fármacos que es muy difícil distinguir si las drogas se le suministraron con ese propósito o más bien para deshacerse pronto de quien se ha convertido en molestia?

Como ve las explicaciones o especulación pueden ser rosas, amarillas, verdes o rojo maligno; por ello aproveche el mes del testamento y vaya a que le den validez oficial a su voluntad antes de que sus propias limitaciones den paso a los abusos del familiar más perverso, al cual le dará a fuerza y sin desearlo su confianza.


El mes del testamento se lleva a cabo durante septiembre, se ha extendido al mes de octubre.

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