Cuerpos. En otras partes del mundo sería un escándalo mayor, en México nada más es otra nota roja, ahora sobre ruedas, la morgue móvil circulando por los municipios de la zona metropolitana de Guadalajara en un camión con caja refrigerada, cargando decenas de cadáveres en un limbo frío; adentro, ellos, los sin nombre, despojos humanos sin rumbo fijo, apilados como basura o mercancía en descomposición que espera un lugar para su desecho final, el basurero, la fosa común, el olvido, el gélido olvido de una sociedad indiferente que apenas se inmuta al ver pasar el tráiler que por fuera ostenta un simpático oso polar levantando el pulgar en señal de «todo está bien» o quizá «todos ellos están bien», no se quejan, pedazos de carne y vísceras, soporíferos, hediondos, supurando por justicia o al menos nostalgia.

Ausencias. Denuncias que son un expediente más en un cajón oscuro, funcionarios que tramitan la rutina, nombres que faltan, lugares vacíos en cientos de casas donde no regresaron, no se supo de ellos salvo que no volvieron; ahí, donde deberían estar, hay sillas vacías y una vela encendida, lágrimas de madres que no pierden la esperanza, no pueden perderla, de esposas que acarician un retrato o huelen una camisa que no se lavó, de hijos que en el apellido llevan preguntas sin respuesta, de padres y abuelos en silencio, un largo silencio agudo, cortante, más que cualquier palabra hiriente, un silencio que penetra el corazón pero no puede romper la tristeza, la más dura de las dudas: ¿dónde estás?

El epicentro, Jalisco, un mosaico más en la realidad nacional. Autoridades omisas ante una previsible tendencia que anunciaba un récord histórico y sangriento: 2018 será el año más violento en homicidios, ¿el resultado?, una morgue saturada de cuerpos; ¿la solución?, improvisar una capacidad ampliada en tráileres con cámaras de refrigeración donde usualmente se almacenan perecederos. Uno a uno fueron apilándose los cuerpos como si fueran bananas, evocando a Macondo, al tren donde José Arcadio despierta entre muertos luego de una masacre, un tren que lleva los restos humanos para tirarlos al mar, del realismo mágico al realismo macabro.

Preocupa que estemos construyendo una imagen de la violencia que tiende a la normalización, al horror como objeto de lo ordinario. En este estado de violencia generalizado en la mayoría del territorio nacional, el cuerpo humano transita como desecho y trasciende como estadística. La reflexión es obligada si queremos recuperarnos: ¿cuál es la noción de ser humano que queremos? Ciertamente no una donde podemos ser tratados como tomate podrido. O cambiamos la narrativa que nos estamos contando como país o esta narrativa terminará por sepultarnos en vida.

En un magnífico ensayo, «La imagen del desecho. Hacia un análisis de la estética del cadáver, el desaparecido y el cuerpo como basura», Roberto Carlos Monroy y Laksmi Adyani de Mora atienden el tema y con tino citan a Didi-Huberman: «el artista y el historiador tendrían así una responsabilidad común que es la de volver visible la tragedia en la cultura (para no separarla de su historia), pero también hacer visible la cultura en la tragedia (para no separarla de su memoria)».

Una fotografía de Robert Capa, La primera víctima del día de las elecciones (Ciudad de México, 7 de julio de 1940), ilustra la portada de un libro de Daniel Sada. La imagen en blanco y negro muestra a un hombre, presumiblemente cadáver, que yace en el piso con una mancha, seguramente de sangre, a la altura del corazón. Una decena de hombres, la mayoría jóvenes, posan haciendo una especie de anfiteatro humano. Sus rostros van de la incredulidad a la indignación. Ambas se han perdido en el México contemporáneo. La novela inicia con la llegada de una camioneta que viene cargada de cadáveres. El título es propio para una noticia donde una morgue itinerante sorprende a una nación: Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe.

Somos en potencia los de adentro y los de afuera, carne y ausencia. Adentro, los cuerpos fríos apilados en bolsas de plástico. Afuera, las ausencias de los que nos faltan y el ruido de otro camión más que avanza en el tráfico. Es un día soleado, como tantos otros.

Ésa es la verdadera bancarrota de México.

@eduardo_caccia

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