Aunque usted se confiese ateo o agnóstico, posiblemente cuando acabe de leer este artículo se dará cuenta de que es un fiel creyente y practicante de la religión quizás más extendida e influyente del mundo. Se dice que las cinco religiones más importantes son el cristianismo, islamismo, hinduismo, budismo y sintoísmo; pero posiblemente no sea verdad, y la más importante sea el dataísmo, término acuñado por el periodista David Brooks en el New York Times en 2013, donde ya apuntaba que la creciente complejidad del mundo nos obliga a confiar cada vez más en los datos.

Al principio de la vida los datos eran directamente físicos o químicos, pero conforme se fue haciendo más compleja, los medios a través de los cuales los recibimos también lo hicieron (aunque en última instancia se conviertan en impulsos físicos o químicos -transducción-). Todos los días lee o escucha las (sus) «sagradas escrituras» (TV, radio, prensa, el amigo o el vecino) y después toma sus decisiones. Hemos llegado a un punto en el que devoramos una enorme cantidad de datos, estamos ansiosos de ellos y esos datos, cuantitativos (número de muertos o contagiados, el mismo número por cada millón de habitantes, lo mismo comparado con el día anterior, comparado con el inicio del estado de alarma, con otro país, etc.; el virus sobrevive 4 horas o 4 días según la superficie, etc., etc.) conducen a datos cualitativos (quedarnos en una fase, pasar a otra, poder salir a una hora y no a otra, en una ciudad sí pero en otra no, solos o en pareja, a trabajar o a hacer deporte, con mascarilla o sin ella, con guantes o sin ellos, a 2 metros, etc., etc.) datos que asumimos y que condicionan toda nuestra vida, profesando en ellos una fe absoluta que predice nuestro bienestar y salvación, como cualquier otra religión.

Este ejemplo es sólo por lo que respecta a la pandemia, pero el dataísmo lo asumimos ya en todos los actos de nuestra vida de una forma abrumadora. Recuerdo cómo hace años entraba en un restaurante porque me daba buena impresión, porque había camioneros en su aparcamiento o porque tenía hambre, sin más. Ahora, revisamos una web que ofrece datos sobre su calidad, opiniones, precio, localización, menú y hasta de la limpieza de sus aseos. Y con esos datos decidimos: vamos a ese o no. Datos que nos los proporcionan en unas modernas sagradas escrituras, redactadas por los sacerdotes de esa religión, o anunciados por predicadores muy expertos en lo suyo y, por tanto, absolutamente creíbles.

Al dinero en metálico le acaban de dar un pequeño empujón para acelerar su crónica de una muerte anunciada, a la que seguirá la de las tarjetas de crédito y, quizás la de los móviles, para dejar paso a implantes con información para el pago. No hace falta ya llegar a esto para darse cuenta de que en estas últimas semanas algún dios menor de los big data sabe que me he puesto morado a cortezas y patatas fritas, la cantidad de vermú y la marca que he bebido, si me ha dolido la cabeza y qué he tomado para ello, qué serie de TV he visto y, consecuencia de todo, que he subido dos tallas en el último pantalón comprado (esto es lo que más me molesta).

El dataísmo ofrece poderes inmensos y nos domina. Adoramos los datos que nos proporcionan, los necesitamos, ya no somos capaces de tomar una decisión sin ellos. Como dice Y. N. Harari, el dataísmo empezó como una teoría científica neutral, pero ahora está mutando en una religión que determina lo que está mal y lo que está bien (salir de casa o no). Según el dogma biológico actual, emociones e inteligencia no son otra cosa que algoritmos (conjunto metódico de pasos para hacer cálculos, resolver problemas y tomar decisiones). Es decir, cualquier organismo vivo, incluso su cuñado o su suegra, es un algoritmo bioquímico. Nosotros registramos y conectamos con el gran flujo de datos y los algoritmos nos dirán qué hacer. Así pues, su relativa libertad es aparente ya que está absolutamente condicionada por el dataísmo; usted mismo, querido algoritmo, al recibir el aluvión de datos creerá que decide, pero le habrán condicionado sus emociones: por miedo a contagiarse o a que le pongan una multa, o porque ese pantalón es mejor. El dataísmo ya se ha apoderado del mundo y el dios o sacerdote que redacte y ofrezca los datos será nuestro dueño.

Vigile a esos sacerdotes y esas escrituras, contrástelas con otras, si puede. A lo mejor ya es tarde y estamos atrapados por el dataísmo y no lo sabemos porque nos falta perspectiva; como cuando entrevistaron a Cela y le preguntaron qué opinaba de sí mismo, a lo que respondió: «No opino, me falta perspectiva».