Casi dos millones de personas viven en Tijuana, apretadas contra una larga frontera que apenas separa a México de Estados Unidos. Del otro lado de la línea que hace de límite entre ambos países está San Diego, ciudad con la que Tijuana forma un colosal conglomerado transnacional de más de 3,5 millones de habitantes.

Diariamente, alrededor de 300.000 personas atraviesan la frontera de un lado a otro a través del Paso de San Ysidro, convertido desde hace ya varias décadas en el punto fronterizo terrestre más cruzado del mundo.

“Para muchos mexicanos, Estados Unidos es la ilusión de poder cambiar sus vidas. Para los desamparados, es la esperanza de recomponerse económicamente o de darle un mejor futuro a sus hijos. Por eso son muchos los que llegan hasta Tijuana para dar el salto a las tierras gringas. Pero para pasar hay que tener los papeles en regla y eso no es sencillo. Sin papeles, la ilusión queda en nada”, dice Alex Ruiz, dueño de la cafetería La Stazione, en el centro de Tijuana.

Esta cafetería, de estilo muy moderno, convoca casi por partes iguales a mexicanos y estadounidenses que pasan la frontera a diario.

Los 300.000 cruces diarios del Paso de San Ysidro son solo el rostro formal de la frontera. Sin la documentación necesaria, una enorme cantidad de mexicanos quedan sin poder llegar a Estados Unidos. Al menos de manera legal.

“La desesperación y la necesidad son malas consejeras. Y por eso hay algunos que pagan hasta 10.000 dólares para que los lleven ilegalmente a través del desierto, un poco más allá de la ciudad. Eso es lo que les pasó a dos amigos, que cruzaron y rápidamente fueron deportados”, dice el mariachi Miguel, que todas las tardes se acerca a las playas más septentrionales de Tijuana para cantarles rancheras y boleros a los turistas.

A espaldas de Miguel, extendido no solo sobre las arenas, sino también internado en el mar, se levanta un muro de barrotes metálicos que hace las veces de infranqueable frontera entre México y Estados Unidos. Construido hace ya más de una década, el muro nace en las orillas de la playa, recorre la totalidad de los límites de Tijuana y se extiende aún mucho más allá, internándose en las desérticas tierras de Arizona en las que se estima que más de 10.000 latinoamericanos murieron en frustrados intentos en los últimos 15 años.

Muestra callejera. A lo largo de gran parte de su extensión por zonas urbanas, el muro fronterizo de Tijuana se encuentra invadido de grafitis de todo tipo. “Es un buen lugar para expresar lo que uno tiene adentro”, explica Marcos, un joven de no más de 20 años de edad.

Junto a varios amigos artistas, Marcos ha pintado grafitis no solo en el muro fronterizo, sino también en otros rincones de la ciudad. “Los grafitis se han convertido en un símbolo de Tijuana y muchos visitantes se desplazan a ciertos lugares para verlos especialmente. Son una muestra del arte urbano”, dice con orgullo Marcos.

Uno de los grafitis más fotografiados por los turistas muestra dos manos entrelazadas, una de tono cobrizo y la otra muy blanca, sobre el fondo de una bandera mexicana. Está pintado cerca de la zona costera del muro y se dice que el artista que lo realizó es nieto de un hombre que murió tratando de cruzar la frontera, a fines de los años noventa. “Es un hermoso mensaje de paz”, dice un turista brasileño que se saca una selfie junto a la imagen. Tras la foto, alguien se acerca para decirle que no deje de visitar el Mural de la Hermandad, un sector del muro fronterizo que el artista mexicano Enrique Chiu transformó en un espacio de color y reflexión.

Club Tengo Hambre. Otra característica que atrae la atención de los turistas es la llamada cocina baja med. Considerada una fusión entre los sabores más tradicionales del noroeste mexicano y los platos típicos de la gastronomía mediterránea, combina ingredientes como el chicharrón y el queso añejo con el aceite de oliva y las hierbas de limón.

“Es una gastronomía típica de frontera, con muchas influencias que convergen para crear platos espectaculares. Son muy recomendables el carpaccio de remolacha con queso azul, las costillas bañadas en jarabe de higo y el pato con brochetas de regaliz espolvoreado con guava”, explica Antonio Díaz de Sandi, uno de los fundadores del Club Tengo Hambre.

“Nuestra oferta de recorridos incluye tanto los típicos puestos callejeros como los restaurantes de alto nivel. Lo popular y lo distinguido forman parte del mismo placer para los que les gusta la buena cocina”, asegura.

Postal moderna

A muy corta distancia de la Zona Río corre la avenida Revolución, una de las más emblemáticas de Tijuana. Sobre ella se levanta el Arco Monumental, de 60 metros de altura, que marca el ingreso a la ciudad para aquellos que vienen desde la frontera estadounidense. Convertido en una postal moderna de la ciudad, cientos de personas suelen juntarse allí para fotografiarse junto al monumento inaugurado hace 18 años para conmemorar la llegada del nuevo siglo. Bajo el arco cuelga un cartel que reza “Bienvenidos a Tijuana” con los colores de la bandera mexicana. El letrero recibe a esos cientos de miles que diariamente cruzan la frontera.