Veo cómo entra el expresidente brasileño, quien fuera un personaje popularísimo dentro y fuera de su país, a la cárcel acusado de corrupción. Pienso “qué envidia”. Sí, la envidia de que un juez federal haya procesado y sentenciado a Luiz Inácio Lula da Silva a doce años de prisión y que los tribunales de apelación hayan sostenido la sentencia, en una nación latinoamericana con similares niveles de desarrollo económico que México. Caray, qué lejos estamos de Brasil. Como si no tuviéramos, en México, una  corrupción similar o peor.

Pena me da al ver cómo los candidatos presidenciales tratan el asunto de si meterían o no a la cárcel al presidente Peña de ganar la elección. Vergüenza, porque no se trata de una decisión presidencial, sino de instituciones encargadas de procesar a los presuntos responsables de un delito con base en evidencia y respetando el debido proceso. Dice Ricardo Anaya que sí metería a la cárcel a los corruptos del gobierno actual, incluyendo, si se comprueba su participación, a PeñaLópez Obrador, en cambio, rechaza hacerlo como medida para legitimarse. No, señores, el asunto no depende de una decisión del próximo Presidente, sino de policías, fiscales y jueces con la autonomía y capacidad de encarcelar a todo aquel que cometió un crimen, incluso si esa persona fue Jefe de gobierno y Estado del país.

Yo no sé si Peña merece ser encarcelado cuando termine su mandato. Lo que sé es que hay mucha evidencia para sospechar que se cometieron múltiples casos de corrupción durante su gobierno. La lista es extensa y se va ampliado conforme pasan los días.

Ayer, en su columna de El Universal y su nuevo programa en Radio Centro, Carlos Loret destapó un nuevo escándalo. Otra rayita más al tigre. Se trata de un esquema fraudulento similar a los de la Estafa Maestra donde, recordemos, presuntamente se habrían desviado miles de millones de pesos del gobierno federal a través de universidades públicas. Un caso originalmente expuesto por la Auditoría Superior de la Federación (ASF), luego profundizado por Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad y Animal Político, quienes recibieron el premio periodístico más importante de habla hispana, el Ortega y Gasset, por tal motivo.

Ahora, con base en información de la ASF, Loret ha revelado un modelo similar que ha bautizado como la “Mala Cosecha”. Tres métodos para malversar dinero de los contribuyentes asignados a la Sagarpa. Uno, “clonar campesinos” para quedarse con el dinero de los falsos beneficiarios. Dos, una “doble mesa” donde los productores agropecuarios firmaban el recibo de cierta cantidad de dinero en una primera mesa y luego recibían menos en una segunda. Tres, la desaparición de recursos públicos al estilo de la Estafa Maestra, es decir, adjudicando directamente contratos a universidades públicas que luego traspasaban el dinero a empresas fantasma. Según Loret, gracias a estos tres métodos, se habrían manejado discrecionalmente tres mil quinientos millones de pesos: “Una verdadera cosecha de cash, una mala cosecha”.

¿Dónde quedó ese dinero? ¿Dónde está el de la Estafa Maestra? ¿Dónde los desvíos operados de manera similar por Rosario Robles en Sedesol y Sedatu? ¿Se fueron a las campañas del PRI? ¿Se lo quedaron algunos funcionarios? ¿Quién sabía de este tipo de operaciones? ¿Quién las autorizó? ¿Las conocía el presidente Peña? ¿Las apoyó activa o pasivamente? ¿Hizo algo al respecto?

Algún día ¿veremos los mexicanos entrar a un expresidente a la prisión acusado de corrupción?

En Brasil, a Lula lo han encarcelado por “corrupción pasiva y lavado de activos”. Una escena asombrosa. Hace poco entrevisté al juez Sérgio Moro, quien lo procesó y sentenció. Me dijo que el tema de fondo era abatir la impunidad. Los que cometen delitos deben ir a la cárcel, incluyendo los que se roban dinero de los contribuyentes, incluso si se trata de un expresidente. Para ello, según Moro, se requiere autonomía de las instituciones judiciales (policías, fiscales y jueces), delación premiada, capacidad de investigación y apoyo social. Son los cuatro elementos de la receta. Yo me pregunto: Si en Brasil se pudo, ¿por qué no en México?

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