Al más recordado de mis maestros le faltaban dos dedos y le sobraba rigor. Bajo el intimidante nombre de «cálculo diferencial» llegábamos a su clase con la resignación tan mexicana de que lo que cuenta es el esfuerzo. El examen era entender lo que hacías y hablarlo desde el pizarrón y frente al grupo, algo como un paredón con trazos de gis y ecuaciones mortales para tu promedio. Ahí aprendí una obviedad. Cada vez que alguno de nosotros despejaba una ecuación y decía «está sumando, pasa restando», el profesor interrumpía con un golpe en la pizarra y gritaba: «¡no pasa, no es magia! ¡Se suma, resta, divide o multiplica en ambos miembros de la ecuación!».

Hablamos del alfabetismo como un indicador de progreso social. Según el INEGI, hemos bajado de una tasa del 25.8% de analfabetismo (técnicamente es la persona de 15 años de edad o más que no sabe leer ni escribir un recado) en 1970, a cerca del 5% para el año 2018. El secretario de Educación ha dicho que antes de terminar la presente administración se busca que México sea un país alfabetizado. Hablamos mucho de la capacidad de leer y escribir, pero no de nuestro anumerismo (palabra tan rara que el autocorrector de texto insinúa una pifia), la falta de perspectiva numérica, la incultura matemática en personas educadas o no.

Este sexenio fue pródigo en dislates anuméricos y el pueblo no perdonó que 5 minutos fueran menos que 1 minuto, o que el Instituto Politécnico Nacional tenga 40 o 50 décadas de existir. Este anumerismo, si bien es grave en la figura de un político prominente, es una condición presente en la mayoría de la población. Del tema se ocupa John Allen Paulos en un provocador volumen, El hombre anumérico: el analfabetismo matemático y sus consecuencias, donde consigna que el fenómeno se acepta y hasta se presume socialmente («a mí las matemáticas no se me dan») porque sus consecuencias no son tan evidentes.

El matemático cita ejemplos donde cotidianamente nuestro anumerismo nos lleva a tomar malas decisiones o creer en milagrosas coincidencias. Desde uno de sus alumnos que, ante la pregunta ¿cuál es la velocidad de crecimiento del cabello humano en kilómetros por hora?, respondió «el cabello no crece en kilómetros por hora»; hasta el médico que al hablar de las expectativas de un tratamiento le dice al paciente que presentaba un riesgo de uno en un millón, que era seguro al 99 por ciento y que normalmente salía a la perfección.

Somos dados a depender de creencias dogmáticas y metafísicas. Acostumbramos poner veladoras en imágenes consideradas sagradas, también afuera de la casa donde despacha el Presidente electo. Si tuviéramos mejor educación (menos anumerismo), dejaríamos de confiar en signos zodiacales, curanderos televisivos que ofrecen detener el sufrimiento a base de objetos mágicos sustentados por «convincentes» testimonios (correlaciones y casualidades que la probabilidad y la estadística echarían por los suelos), de la misma forma que Paulos cuestiona la existencia del Arca de Noé, pues, si durante el Diluvio «…quedaron cubiertos todos los montes sobre la faz de la tierra…», el cálculo de la velocidad del agua precipitada (para haber sucedido en 40 días) hace imposible el flote de un navío con miles de animales.

¿Cuánto análisis numérico hay detrás de las decisiones importantes que enfrenta la nación? ¿Cuál es la probabilidad de perder dinero al vender el avión presidencial? ¿Ese dinero que se perdería, anularía el ahorro que se pretende en otros rubros? ¿El gasto de descentralizar al gobierno federal es menor que los beneficios esperados? ¿Cuál es la probabilidad de un atentado presidencial? ¿20 personas son suficientes para cuidar al jefe del Estado mexicano? ¿Por qué 20 y no 23 o 240 o 2573? ¿A pesar de la contundencia del análisis numérico que indica que el NAIM debe concluirse, se dejará la decisión al «pueblo bueno que nunca se equivoca»?

Los números derrumban falsas esperanzas, tiran mitos, desnudan malas decisiones. Pero dan claridad y revelan verdades que tal vez no nos gusten. ¿Será que haya empresarios, políticos, líderes religiosos y sindicales que prefieran gente con analfabetismo matemático? El anumerismo da millones de votos y de pesos.

He llegado a una sospecha numérica: preferimos creer que contar.

@eduardo_caccia

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